Yo no me hago ninguna ilusión con el tiempo que viene. El año que comienza será peor y eso, en buena medida, es inevitable. Una alianza de neoliberales y reaccionarios puede fallar en todo, menos en su naturaleza. Sin embargo, la tierra sigue girando y esta temporada en el banco nos ofrece a los derrotados la oportunidad de la reflexión y la renovación. La causa y la responsabilidad lo imponen.
El proceso electoral no terminó. Las elecciones departamentales de mayo son muy importantes y ni lo que parece firme está ganado. Ni siquiera Montevideo. Hay que asumir esta contienda con seriedad y sin subestimar a los que están en frente, porque ya han demostrado que podían ganar y llevan viento en la camiseta. Luego de esa fecha, y conocido el nuevo mapa gubernamental del país, el desafío para la izquierda es mantener la unidad. Las últimas semanas fueron demostrativas de que no será fácil, porque hay, más allá de la unidad formal que no está en riesgo, muchas broncas cuya profundidad asusta.
La primera obligación del Frente Amplio durante el próximo período de gobierno es conducir la oposición. Y esto implica liderar la resistencia. No tiene nada que ver con la función opositora de otros tiempos en los cuales la izquierda acumulaba, buscando la oportunidad de desplazar al binomio político que llevaba gobernando el país más de un siglo. La oposición que viene no tendrá la forma de un palo en la rueda para que el carro neoliberal de Lacalle Pou no avance, mientras se espera la chance de construir, más bien se trata de enlentecer la destrucción, de amortiguar los golpes restauradores. Es cualitativamente muy distinta la función de freno y control, que la política de control de daños ante una decidida estrategia de desguace.
Un componente medular del tiempo por venir refiere al diálogo entre la izquierda social y la izquierda partidaria. Es obvio que no son lo mismo ni se subordinan entre ellas, pero sus disonancias perjudican al conjunto del campo popular y, por lo tanto, favorecen a la reacción. Va a ser la izquierda social la que ponga a la gente en la calle y la primera línea si el programa restaurador adquiere carácter represivo, cosa que, lamentablemente, se advierte desde ya, pero solo la izquierda organizada políticamente puede ofrecer una alternativa de gobierno en condiciones reales de competir y ganar.
El problema de la renovación es central. No se decreta, pero se la estimula o se la bloquea. La renovación es obligatoria porque la gente envejece, pero además porque el mundo cambia y, en general, los que mejor interpretan una época son los que pertenecen a ella. No hay que caer en la insensatez de jubilar administrativamente, pero tampoco en la necedad de la perpetuación.
Los nuevos dirigentes −mujeres y hombres− no provendrán de la burocracia ni de los aparatos, sino de la realidad, de las condiciones para liderar en un contexto retroceso. Tendrá que aprender a debatir con la derecha, a persuadir a multitudes, a negociar en condiciones de hostilidad. Se medirán en la calle y en las urnas, con el poder real, fuera de la nomenclatura y sin el beneficio del sello de goma o de una posición privilegiada en una línea de sucesión. Aprenderán a dirigir en el llano y en la derrota que es donde se forja el carácter de los verdaderos militantes, la fragua de la historia donde se templa el acero para volver.