Ahora al presidente Lacalle Pou se le vino el mundo abajo. Su estrategia, que siempre fue insostenible de acuerdo a la evidencia científica acumulada, se quedó sin la única pata que la bancaba, la impresionante indulgencia que habían mostrado los coordinadores del GACH ante un ostensible desacierto permanente en el manejo de este escenario. Con todo, Rafael Radi apuntó a equilibrar, señalando el fracaso del gobierno, pero también de la sociedad en “blindar abril” y ensaya en la entrevista alguna forma de no dejarlos tan mal parados: hasta se permite tirar injustamente contra la oposición y los sindicatos, entre otros actores sociales, por no haber liderado en el combate a la crisis sanitaria, como si la oposición y los movimientos sociales pudiesen haber hecho más que decir e insistir en la necesidad de tomar medidas sanitarias y económicas para bajar la movilidad.
Uruguay lleva varios meses como el país con mayor cantidad de contagios diarios por millón de habitantes y varias semanas liderando el ranking de muertes. Todo el mundo fuera de nuestras fronteras sabe que la estrategia gubernamental uruguaya no solo es espantosa, sino que es insólita. Cada vez que Uruguay rompe un nuevo récord, el presidente abre cosas. Las últimas conferencias convocadas para hacer anuncios, siempre en el medio de una situación desesperante, en lugar de cerrar actividades no esenciales, abre nuevas. Rompemos un récord y extiende el aforo de los bares, rompe otro récord y extiende el horario de los shoppings, rompe otro récord y se propone organizar partidos de fútbol con público, rompe otro récord y abre los free shops de frontera justo cuando en Brasil se detecta la variante india, más contagiosa, más letal y para la que no se sabe si nuestras vacunas tienen eficacia. Rompe otro récord y reabre escuelas en casi todo el país. Rompe otro récord y saca la pandemia del centro de la agenda, la niega, la ignora, no habla más de ella y los medios, que hacen un esfuerzo encomiable por hacerle el aguante, lo secundan y convierten durante semanas la emergencia sanitaria local en un asunto marginal local, mientras ponen el foco en otros tema o en la situación de otros países.
El gobierno cifró una expectativa irracional en la campaña de vacunación o bien porque fueron mal asesorados o, más probablemente, porque Lacalle Pou estaba decidido a aferrarse a cualquier ilusión para patear las cosas hacia adelante y mantener el único rumbo que le interesa: el rumbo del ajuste neoliberal y la defensa irrestricta de los mallas oro. No estaba ni está dispuesto a que el Estado vuelque recursos y, mucho menos, a que lo hagan el capital, los ricos o los grandes empresarios. Tiene la convicción honda de que los más perjudicados por la enfermedad y la muerte integran una parte de la sociedad por la que él no siente absolutamente nada, y los que tengan que morir que mueran, mientras no importe ninguna afectación a la política económica que lleva adelante. Entre la economía y la vida, eligió la economía, pero no la economía de todos, sino la economía de la clase que representa, en donde nadie anda en ómnibus y los negocios se pueden manejar desde el living, por lo que, en principio, no deberían verse impedidos de recluirse por su resistencia a tomar medidas de reducción de la actividad social.
Ahora que por la boca del propio Radi, la ilusión delirante se derrumba, que ya se admite que la anhelada inmunidad de rebaño es imposible de alcanzar con una variante mucho más contagiosa entre nosotros y una vacuna mayoritaria que no es efectiva para cortar la transmisión comunitaria, y que el escenario de los tiempos por venir puede ser todavía peor y más dramático que el actual, parece que el gobierno no tiene otra salida racional que allanarse y actuar. Pero tengo para mí la convicción de que Lacalle Pou, incluso con esta presión, no va a ceder. Porque el presidente siempre estuvo informado de las consecuencias trágicas que tendría su postura: escuchó como escuchamos todos lo que la comunidad científica unánimemente le decía en febrero, en marzo, en abril; simplemente decidió mantener su política sanitaria de que ya no había nada para hacer conociendo sus consecuencias. Fue mucho peor que un error; fue una opción meditada y por la cual le cabe la absoluta responsabilidad. Es obvio que es imperioso que Lacalle Pou tome las medidas necesarias para cerrar todo lo no esencial, subsidiar a la gente y a las empresas, y bajar así la tasa de contagios y, por consiguiente, evitar internaciones y muertes. Pero lo haga o no lo haga, ya tiene una responsabilidad enorme sobre este desastre sanitario y eso, sea cual sea el desenlace de esta tragedia, nunca debemos olvidarlo.