Por supuesto, la viralización del video y los comentarios nutridos de odio y suspicacia provocaron indignación en la gente, y entre ellas en las familias de la zona, que se dieron cuenta de que estaban vilipendiando a una escuela y a docentes intachables para hacer política de la más baja calidad. Pero aunque rápidamente se aclaró que el clamor de los niños decía “Viva sexto año” y no “Viva el Frente Amplio”, es muy posible que el video y los comentarios queden rebotando por mucho tiempo en las redes sociales, por lo que, cada tanto, saldrá a relucir ante un público fugaz, siempre renovado, capaz de tropezar una y mil veces contra una noticia trucha presentada insistentemente como cierta, contra la realidad y contra la evidencia.
Este situación bochornosa hay que inscribirla en una práctica que ha crecido de manera impresionante en los últimos tiempos, en redes sociales y fuera de ellas. Es la estrategia de construir un abismo de ellos y nosotros, intentando sembrar bronca y resentimientos como instrumentos en la batalla política. Es a esta altura un modus operandi que, evidentemente, cuenta con la habilitación de las más altas esferas, y que solo puede conducir a situaciones cada vez peores. El discurso de odio sostenido contra sindicatos, docentes y, en general, cualquier ámbito en el que interpretan que la izquierda pueda tener más adhesión, solo puede terminar mal, en especial cuando parece haber entre los partidarios del gobierno una tendencia a creer cualquier cosa que confirme sus prejuicios, aun cuando no tenga ningún asidero.
Es absolutamente indispensable que bajen la pelota, que paren de distribuir bulos y de azuzar delirios que afectan la convivencia y que destruyen cualquier posibilidad de entendimiento y diálogo entre las personas. Por lo menos, es necesario dejar a los niños y las niñas afuera de esa contienda que carga con una violencia inherente y abrumadora. No vale todo.
La escuela pública es la forma que tiene el Estado en los rincones más apartados del país. En muchos casos, es una de las únicas expresiones tangibles y apreciadas por toda la gente, sin importar banderías políticas. Y así tiene que ser, como un patrimonio de la sociedad toda que abriga una tradición majestuosa. No puede ser sometida a estas operaciones aviesas e irresponsables. La política se debe jugar en otra cancha, con otras formas y otros argumentos. De no hacerlo, van a producir una fractura social que después tardará mucho tiempo en repararse.