Curiosamente esta inesperada situación de pérdida de la mayoría parlamentaria, lejos de significar una crisis para el Frente Amplio y el gobierno progresista, está permitiendo un abordaje más racional de la construcción presupuestal y se va delineando un nuevo escenario con ajustes, reacomodo de fuerzas y hasta cierto sinceramiento político. Ya sabemos que Gonzalo Mujica es un opositor, y entre ellos, es un opositor que –echando mano a su misoginia– tiene “huevos” para cambiarse de bando. También sabemos que todo el Frente Amplio se necesita. No puede haber espacio para un perfilismo desmedido cuando ni siquiera se pueden garantizar los votos en la Cámara de Diputados. Para que este año se constituya para el gobierno de Tabaré en una bisagra o trampolín, o como quiera denominarse a la inflexión que revierta el desánimo, que impulse lo que estaba quieto, que permita un salto en calidad de la gestión frenteamplista, todos los sectores de la izquierda tienen que tirar del carro con generosidad, buscando una Rendición que permita cumplir con el programa sin poner en riesgo la marcha económica del país. Hay que buscar acuerdos en el Parlamento, pero sobre todo hay que buscarlos con los legisladores que tienen una sensibilidad progresista y no conservadora. No debe dar lo mismo la izquierda extrafrenteamplista, como Eduardo Rubio, o los orejanos batllistas como Fernando Amado, que la máquina de impedir de Lacalle Pou y Pedro Bordaberry. Estos últimos son la derecha restauradora. Están vinculados con la nueva ola neoliberal. Emparentados en la región con Mauricio Macri y Michel Temer. Su principal objetivo es tomar el poder para desandar todas las conquistas de estos años: licuar los salarios, eliminar la negociación colectiva, echar gente, poner al Estado contra los trabajadores, ajustar la economía y reducir las políticas sociales. Ya estamos viendo el desastre que están produciendo en los países vecinos. Y es el mismo que se proponen concretar en Uruguay si tienen la oportunidad. La derecha es igual en todas partes, defienden el mismo interés: lo único que diferencia sus programas y su agresividad es la resistencia popular y la capacidad de doblegarla con los medios o con el garrote.
El último aspecto positivo de esta circunstancia electoralmente injusta de que la izquierda haya perdido la mayoría que conquistó legítimamente en las urnas es la voluntad expresada por varios voceros del oficialismo de salir a militar la Rendición. A conversarla con la gente. En los comités de base, en las ferias vecinales, en las plazas de los pueblos. Esa es la clave para elaborar el mejor presupuesto posible y esa es la tarea central de una fuerza política: organizar a la gente para que la construcción del gobierno sea colectiva, democrática, de base. Así se crea el poder popular que no se opone a la democracia republicana, sino que la hace más profunda, más cercana a la gente, más apropiable. Permitir al pueblo discutir los lineamientos de la distribución de recursos del Estado es llenarlo de poder, politizarlo, hacerlo dueño de su destino más allá de la instancia de las urnas una vez cada cinco años. Ese propósito no se agotó en los soviets.