Motivos de la revolución Bolsonaro
La ‘revolución Bolsonaro’ es parte de la contraofensiva de las derechas contra los gobiernos de centroizquierda que gobernaron varios países de América Latina durante el siglo XXI, que a su vez sucedieron a democracias de centro que dominaron los fines del siglo XX, como sustitutos de gobiernos de facto y derecha desde el tercer cuarto del siglo pasado.
La contraofensiva era absolutamente esperable, tanto desde las burguesías nacionales como desde las tecnoburocracias transnacionales y desde los bloques neoimperiales. Aunque las izquierdas les permitieron grandes ganancias a partir de un modelo de redistribución posfiscal, dentro de una excepcional bonanza económica y adecuado ambiente psicosocial y político cultural para desarrollar políticas progresistas. También era totalmente esperable que buena parte de los intereses burgueses intranacionales coincidiera con los de las transnacionales y de los neoimperiales; y que colaboraran de múltiples modos en la contraofensiva política, con buenas dosis, especialmente en Brasil, de ataques a los partidos y políticos de izquierda y gobernantes por la vía de una judicialización mediática de la política, basada más en la descalificación ad hominem y ad hoc de las personas que en el debate de ideas, realizaciones y proyectos.
En ese sentido, la seducción emocional se suma a la sospecha moral como modus operandi de la publicidad y propaganda, que ya no se basa tanto -como toda la publicidad comercial desde fines del siglo XX- en la persuasión intelectual retórica, sino en la seducción emocional poética y la sospecha moral, ancladas en la voracidad comercial de la prensa y en la resentida predisposición de la gente común a aceptar con diversión y perversa fruición la sospecha sobre los más privilegiados, poderosos y ricos que ellos (modo indirecto de descalificar su superioridad y de redimir la inferioridad propia).
Max Weber, ya en 1917, temía la degeneración populista y carismática de la democracia, pronóstico amargamente cumplido. Como veremos, las redes sociales multiplican, simplifican y estupidizan la globalización de los imaginarios que la tecnología comunicacional facilita; son herramientas muy aptas para la sustitución de la persuasión racional por la seducción emocional-moral. Estupidización sociocultural funcional conductora a una némesis de la política. Pues bien, en Brasil, el vertiginoso ascenso de Bolsonaro como candidato presidencial es producto de esa contraofensiva de derecha, pero enmarcada en tres fenómenos que la potenciaron, potenciándose mutuamente: el ‘antipetismo’ progresivo; una variante del sentimiento anti-establishment que Lula y el PT disfrutaron, que se volvió bumerán político; y una reacción ‘masculina’ y conservadora del ‘pueblo profundo’ contra ‘liberales de izquierda’ de la intelectual joven urbana, del tipo del tan contraproducente electoralmente movimiento #EleNão, de liderazgo femenino.
La generalización de la judicialización mediática de la política, en primer lugar, mostró corrupciones indudables, exageradas y sospechosas en sus filas, tanto del PT como de las varias alianzas en que entró o construyó en pos de gobernabilidad; Bolsonaro supo estar o mostrarse fuera de ello. Un cierto sectarismo altanero contribuyó a la producción de un antipetismo sorprendentemente amplio para un partido que redistribuyó de modo sustantivo y mensurable, disminuyendo desigualdades y achicando indigencia y pobreza.
En segundo lugar, un largo período de gobierno puede convertir a un núcleo que accedió al poder como anti-establishment en establishment, sujeto a las mismas restricciones que lo beneficiaron; las bajas votaciones a Alckmin, Ciro Gomes y Marina Silva, así como los avatares de muchos candidatos de ‘carrera política institucional’ refuerzan esto. Una lista primaria de los candidatos fracasados a la presidencia, gobernaciones, municipios, senadores y diputados muestra a los ensuciados por el Lava Jato y sus secuelas. Así como en determinados momentos se descubrió que los electores de Pacheco no eran tan diferentes a los de Mujica, masas desideologizadas pueden ver en Bolsonaro como en Lula candidatos anti-establishment fungibles y votables, en tanto eso, más allá de su polaridad ideológica, que no perciben o privilegian.
A estos dos fenómenos se suma que las reivindicaciones progresistas, de izquierda liberal (género, diversidad, aborto, matrimonio abierto) han concitado, hasta por sus modalidades expresivas liberadas y hippies, un rechazo entre las clases medias adultas y en los adultos de ciudades. Bolsonaro, con su racismo, machismo, punitividad al crimen e impecable récord en corrupción parece un paladín contra el crimen y la corrupción, con soluciones de derecha conservadora, claro, pero que la gente ignorante y engañada aprueba.
Las clases medias no fidelizadas
Una queja común a los posgobiernos de las izquierdas es que los beneficiarios de políticas de redistribución e igualación no se ‘fidelizaron’ electoralmente, recompensando electoralmente a sus benefactores, especie de traición desagradecida inesperada. Craso error teórico, ya desvendado por mucha investigación psicosocial y sociológica desde mediados de los años 40 del siglo pasado.
Muy sintéticamente, y en primer lugar, una parte de esos beneficiarios no les atribuye su mejoría a sus benefactores, sino a sí mismos y a su esfuerzo; en segundo lugar, la movilidad vertical ascendente no asegura satisfacción porque la visibilidad de la movilidad agregada les hace temer perderla, y tienden a pedir más porque, aun mejorados, se miran en el espejo de aquellos que ascendieron más y que lo lucen. De tal modo, su ascenso se transforma paradójicamente en deprivación relativa. Y, en tercer lugar, cuando se asciende, la posición de estrato tiende a manifestarse como situación de clase; los que subieron gracias a unos votarán a otros que les defiendan el estatus adquirido y no a los que les saquen para beneficiar a otros que están abajo, pese a que ellos fueron beneficiados por esa redistribución.
En pocas palabras: antes sí nos convenía y subimos; pero ahora estamos arriba y no queremos que nos saquen; antes votamos a unos que nos subían como desprivilegiados, ahora votamos a los que nos mantienen y defienden de los que suben desprivilegiados a costa de los privilegiados (ojo, no es tan consciente y articulado el cálculo, pero los políticos deben poner sus barbas en remojo).
Hegemonía trivializada por redes sociales
La tecnología comunicacional, disfrutada por los más ricos, más urbanizados y más jóvenes, en principio, es especialmente apta para contribuir a una derechización política sobre la base de reacciones emocionales más fuertes que las racionales, con más rápidas respuestas a la seducción emocional que a la persuasión racional, cognitiva, intelectual.
La extensión de Twitter es la medida de todo: es el reinado de Trump y la derrota de la información y del conocimiento en la era del conocimiento y de la información. Por un lado, la globalización tecnológica comunicacional uniformiza, simplifica e inyecta lo hegemónico viralizándolo como moda (trend) o discurso dominante, indiscutible desde que todo se impone por el número de likes de visitas y no por su contenido. Por otro lado, complementaria y radicalmente, las redes sociales simplifican, trivializan y dramatizan icónicamente la hegemonía globalizada. La utópica variedad de oferta accesible se filtra tan perversamente que se vuelve una tiranía pseudolibre que el usuario cree tal (y se ofende si se le dice que no es libre y cómo se lo esclaviza: el que escucha con ‘sus’ auriculares ‘su’ música, no se da cuenta de todo lo homogeneizado y robotizado que está para poder creerse personalizado y autónomo).
Bolsonaro no ganó entre los ignorantes y brutos carentes de civilización, entre las masas rurales o entre temerosos desprivilegiados. Bolsonaro ganó en 23 de las 27 capitales estaduales. Allí hizo la base mayoritaria de sus votos. Bolsonaro ganó, en las ciudades de más de 500.000 habitantes, 16 millones de sus 50 millones de votos. En cambio, Haddad obtuvo 15 millones de sus 30 millones de votos en ciudades de menos de 50.000 habitantes. En todo el mundo ya es y será más así; en los lugares con mayor tecnología comunicacional y más desarrollo de redes sociales se verá un voto más emocional, menos argumental y menos auténticamente informado. Internet, la estandarizada hegemonía globalizada del imaginario, la trivialización emocional de ella por las redes sociales, la mediación niveladora por lo bajo de la mediación de la prensa y su agenda intrusiva; todo eso condenará a que se vote cada vez más a Bolsonaros y Trumps y a que la derecha conservadora, emocional y no argumental crezca, como ya lo está haciendo en Europa. Prensa+internet hegemónica global+redes sociales trivializantes=némesis de la política, democracia entrópica, bumeránica. No nos salvamos.