Lectura benigna. Hemos visto en columnas anteriores que, lamentablemente para las democracias y sistemas políticos y sociales, cada vez más populismos carismáticos intentan seducir emocionalmente y alcahuetear al soberano sondeando y aceptando sus arbitrarias e introyectadas alienaciones (ya que estamos, ver La sabiduría popular, también de Spencer). Obligados a dibujar planes y programas, hasta para compararse a otros competidores, afirman querer ejecutar determinados objetivos y metas que más tarde les será muy difícil cumplir, pero no pueden evitarlo porque otros lo harían si ellos lo refrenaran por honestidad (“los otros son malos, somos mejores”). El juego político intrapartidario normalmente obstaculizará la limpia implementación y ejecución material de planes y programas de campaña. Más aún lo hará el juego interpartidario durante los períodos gubernamentales. Y la implementación burocrático-administrativa pondrá las últimas piedras al libre albedrío de los candidatos, oponiendo negligencia, complejidad normativa, de organigramas y de flujogramas, sin contar inercias y culturas organizacionales no siempre coincidentes e intereses cruzados de funcionarios leales a otras tiendas.
Todo esto hace que por mayor buena voluntad que pudiera ponerse en cumplir en los hechos gubernamentales con sus dichos de campaña, no podrá zanjarse bien la distancia entre ellos. Tampoco los tiempos políticos que autorizaban algunos dichos podrán soportar el cambio fáctico y de prioridades, lo que obligará a postergar lo importante prometido, ya devenido obsoleto, a manos de la urgencia y la emergencia. Y normalmente tampoco se justifica públicamente el viraje, sea por falta de tiempo, de conciencia sobre la importancia de hacerlo, de modus operandi adecuado para ello o de prescindencia de la devolución al soberano, ahora que ya estamos en los cargos. Y eso erosiona confianzas porque parece que se traicionan lealtades, principios y comunalidades, a veces simple desidia, desprolijidad y ligero desprecio por un alter un poco instrumentalizado.
De la política al fútbol
Habría mucha tela por cortar en el ámbito futbolístico si analizamos el aforismo “Del dicho al hecho”. Pero déjenme, en lo que me queda de espacio, referirme a un malentendido muy común: cuando un técnico dice que sus jugadores no cumplieron con lo conversado y planificado. Sin querer defender a jugadores desatentos, díscolos o reacios a planificaciones -que los hay-, un entrenador no cumple con su misión si habla de ese modo sobre algún aspecto del juego, ni siquiera si planifica bien algo concreto para algún partido, fuera de la construcción general del grupo, plantel y equipo. Si los jugadores no hacen lo que dice y propone, ese entrenador no sirve, porque su test está en la práctica, en la eficacia de su idea implementada por esos, en ese aquí y ahora. Sus dichos no se evalúan en sí mismos, ni aun habiendo sido entrenados, aunque errores de los jugadores pueden merecer descargos eventuales de los entrenadores, si tuvieron buenas previsiones, hasta practicadas, sobre alguna jugada que luego los afectó. Puede haber mucho entre el dicho y el hecho en fútbol también, y en muchos otros casos, sobre los que prometo escribir en próximas entregas.