La magnitud del fracaso de la operación del 23F se profundizó en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, donde Estados Unidos intentó por segunda vez promover una declaración y se enfrentó cara a cara con la posición férrea de Rusia y China, dos de las naciones con poder de veto. El discurso del embajador ruso fue lapidario: catalogó de impostor al diputado Juan Guaidó, autoproclamado presidente el 23 de enero, fecha aniversario de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez, reconocido por Estados Unidos y sus aliados de América Latina y Europa, y cruzó al gobierno de Donald Trump por fabricar una provocación contraria al derecho internacional en la fronteras venezolanas bajo el pretexto de ingresar ayuda humanitaria en convoyes, cuyo contenido, aun en el caso de coincidir con el declarado, no alcanza ni a una mínima fracción de lo que sería necesario para una población del tamaño de la venezolana.
Mientras tanto, en Venezuela el chavismo siguió ganando la calle y convocando actos multitudinarios en todos los Estados del país. El propio sábado 23 de febrero, en Caracas, se realizó una manifestación gigante en la avenida Urdaneta, en la que el presidente Maduro desafió por segunda vez a Guaidó a cumplir con lo establecido por el artículo 233, que el diputado invocó para autoproclamarse, en el que se establece de forma taxativa e impostergable que el presidente que asume el interinato en el contexto de esa norma debe convocar a elecciones antes de los 30 días siguientes. Guaidó ignoró el desafío de Maduro y apenas atinó a postear en las redes sociales que era tiempo de echar la carta de la intervención. A la vez, diversos trascendidos de la prensa internacional revelaron la desazón del gobierno de Estados Unidos y el reproche de Pence a Guaidó en Bogotá porque no se había cumplido el pronóstico de la oposición de una fractura en las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas, que de 300.000 efectivos apenas mostró una deserción de 300 hombres, entre los que hay que contar cocineros, agentes de bajo rango y agregados militares en el exterior. En suma, un escisión minúscula e insignificante, próxima a la nada.
El raid de movilizaciones del chavismo no terminó y el miércoles 28, en conmemoración del 30º aniversario del Caracazo de 1989, una nueva multitud impresionante se concentró frente a Petare, la barriada popular más grande de América Latina, en un acto de características particulares porque se desarrolló en el este de la ciudad de Caracas, lugar poco elegido por los chavistas para realizar sus demostraciones, porque implica atravesar las zonas residenciales del este, donde se concentran las clases más acomodadas y, por ende, más proclives a la oposición. Ni una sola manifestación opositora se produjo en los últimos días. La mayoría de la oposición más radical se encomienda a la voluntad de Trump, no ocultan su deseo de ser invadidos por la potencia y subestiman la debacle humanitaria que causaría una guerra. Pero, del otro lado, la mayoría de la sociedad venezolana aspira a una solución pacífica, dialogada y el chavismo ha recobrado fuerza, capacidad de movilización de masas y, haciendo a un lado sus propias diferencias internas, expone un grado de abroquelamiento que parece inquebrantable ahora que el enemigo, el verdadero enemigo que constituye Estados Unidos, muestra los dientes. No parece haber condiciones para una guerra a corto plazo, pero si hay una invasión, Venezuela está en condiciones de ofrecer una resistencia majestuosa desde las fuerzas armadas hasta el territorio más recóndito de los barrios, donde las fuerzas sociales del chavismo se aprestan para dar batalla.