Durante un breve período, la disputa diplomática en Washington fue entre la «asociación para la paz» y «la expansión de la OTAN para garantizar la seguridad de los países emergentes del bloque soviético». Con el presidente Clinton fue esta última política la que prevaleció. Por diferentes razones, también para Estados Unidos, Ucrania es el país del sacrificio. La guerra de Ucrania está sujeta al objetivo de infligir una derrota incondicional a Rusia que, preferentemente, ha de durar hasta que se provoque el regime change en Moscú. La duración de la guerra está sujeta a ese objetivo. Si se le permite al primer ministro británico decir que las sanciones contra Rusia continuarán, cualquiera que sea la posición de Rusia ahora, ¿cuál es el incentivo de Rusia para poner fin a la guerra? Después de todo, ¿es suficiente que Putin sea derrocado (como le sucedió a Napoleón en 1815) o es Rusia la que tiene que ser derrocada para detener la expansión de China? También hubo regime change en la humillada Alemania de 1918, pero su curso terminaría en Hitler y en una guerra aún más devastadora. La grandeza política del presidente Zelenski podría construirse tanto como el valiente patriota que defiende a su país del invasor hasta la última gota de sangre, como la del valiente patriota que, ante el peligro de tanta muerte inocente y la asimetría de fuerza militar, logra, con el apoyo de sus aliados, una fuerte negociación y una paz digna. El hecho de que hoy prevalezca la primera construcción no resulta de las inclinaciones personales del presidente Zelenski.
El segundo ejemplo para ver similitudes y diferencias con el pasado reciente se refiere a la posición geopolítica de Europa. Durante las dos guerras mundiales del siglo XX, Europa era el autoproclamado centro del mundo. Por eso las guerras fueron mundiales. Cerca de cuatro millones de las tropas «europeas» eran en realidad africanas y asiáticas, y muchos miles de muertos no europeos fueron el precio del sacrificio por ser habitantes de colonias en países lejanos envueltos en guerras que no les conciernen. Hoy, Europa es un rincón del mundo, y la guerra en Ucrania lo hará aún más pequeño. Durante siglos fue el extremo de Eurasia, esa gran masa terrestre entre China y la Península Ibérica, por donde circulaban saberes, productos, innovaciones científicas y culturas. Mucho de lo que luego se atribuyó al excepcionalismo europeo (desde la Revolución científica del siglo XVI hasta la Revolución industrial del siglo XIX) no se comprende y no habría ocurrido sin esta circulación multisecular. La guerra en Ucrania, sobre todo si se prolonga, corre el riesgo no sólo de amputar a Europa de una de sus potencias históricas (Rusia), sino también de aislarla del resto del mundo y, muy especialmente, de China. El mundo es inmensamente más grande de aquello que se ve con lentes europeos. Vistos con estos lentes, los europeos nunca se sintieron tan fuertes, tan unidos con su socio mayor, tan confiadamente del lado correcto de la historia, con el mundo del «orden liberal» dominando el planeta y tan suficientemente robustos como para aventurarse en un tiempo a conquistar o, al menos, neutralizar a China, después de haber destruido a su principal socio, Rusia.
Vistos con lentes no europeos, Europa y Estados Unidos están orgullosamente casi solos, quizás capaces de ganar una batalla, pero ciertamente en camino a la derrota en la guerra de la historia. Más de la mitad de la población mundial vive en países que han decidido no imponer sanciones a Rusia. Muchos de los que votaron (y bien) en la ONU contra la invasión ilegal de Ucrania lo hicieron con justificaciones de su experiencia histórica, que no fue la de ser invadidos por Rusia, sino por Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Israel. Sus decisiones no fueron fruto de la ignorancia, sino de la precaución. ¿Cómo pueden confiar en países que, después de haber creado un sistema de transferencias financieras (Swift) con el objetivo de defender las transacciones económicas de la injerencia política, expulsan a un país por motivos políticos? ¿En países que se arrogan el poder confiscar las reservas financieras y de oro de países soberanos como Afganistán, Venezuela y ahora Rusia? ¿En países que proclaman la libertad de expresión como un valor universal sacrosanto, pero recurren a la censura en cuanto se sienten desenmascarados por ella? ¿En países supuestamente amantes de la democracia que no dudan en provocar golpes de Estado cuando los elegidos no convienen a sus intereses? ¿En países para los cuales, según las conveniencias del momento, el «dictador» Nicolás Maduro puede convertirse repentinamente en un socio comercial? El mundo ha perdido la inocencia, si es que alguna vez la tuvo.