La democracia está en peligro. La ultraderecha avanza en el mundo y gobierna países cada vez más cercanos al nuestro. Este aluvión de neofascismo social mezclado con neoliberalismo económico también va a llegar a Uruguay y más temprano o más tarde lo que vamos a estar enfrentando es una amenaza a la democracia, por derecha. Es decir, una amenaza autoritaria a nuestra democracia representativa cuyo único propósito es favorecer a los ricos y destruir todos los avances sociales en cualquiera de las agendas que se consideren.
Hoy Uruguay es un bastión, una aldea gala en el medio de un territorio atravesado por una marea reaccionaria perturbadora. Pero el tiempo por venir es de un enorme riesgo, encarnado en los proyectos de la derecha tradicional restauradora -aunque es obvio que una parte importante observa con beneplácito lo que viene sucediendo en el barrio- y en rincones opacos pero muy poderosos, prestos al zarpazo cuando lo ocasión le llegue.
El autoritarismo que se viene no es el de los militares sacando los tanques a la calle. No es la mera imposición de un modelo económico y social antipopular por medio de la fuerza brutal y de los aparatos represivos. Es la instalación de un neofascismo social, de la intolerancia llevada al paroxismo de la violencia, utilizando para ello los recursos tecnológicos ilimitados que pueden financiar los verdaderos dueños de capital, aliados a su vez con expresiones rancias del sistema político. No estamos preparados para conjurar esa amenaza. Mañana mismo podría viralizarse una campaña falsa creada por agencias clandestinas, incluso extranjeras, para destruir la imagen de dirigentes de la izquierda, sin que pudiésemos hacer nada más que acusar el golpe y salir a desmentir, precariamente, sin el concurso entusiasta de los grandes medios; abrazados a la lealtad de la militancia.
La estrategia de Bolsonaro no es de Bolsonaro. No la inventó él. Él la utiliza para su provecho porque tiene ambición, pero no tiene escrúpulos, si es que no es apenas un instrumento local de un proyecto más amplio que se propone derrumbar el legado de 15 años de gobiernos con sensibilidad social y aspiraciones de verdadera soberanía. Y esa estrategia también va a estar acá. ¿Es que a alguien se le ocurre que el centro de la campaña electoral lo van a ocupar los canales de televisión abierta cuando el consumo de esta ha caído vertiginosamente en los últimos diez años? No. La campaña feroz va a estar en otra parte, en las redes, en WhatsApp, plagada de publicidad revestida de noticias, motorizadas por perfiles posiblemente truchos, imposibles de identificar, de perseguir y de imputar. Si las campañas electorales de Argentina y especialmente de Brasil nos enseñan algo, es que se viene un bombardeo de mentiras fabricadas para manipular a la población con el único objetivo de desalojar a la izquierda del gobierno y entronizar un proyecto de derecha con un programa feroz de restauración. ¿Qué vamos a hacer para impedirlo?