Si la palabra es poder, entonces la palabra nunca es inocente. Pero además, el invento mata al inventor. Eso es lo que no pueden ver, en su incapacidad para la reflexión, los discriminadores. El poder de apropiación, manipulación y gestión de las palabras, los símbolos y los significados constituye un boomerang que también nos ataca a nosotros, los bárbaros, los salvajes, los ‘tercermundistas’ o vulgares sudacas que, a los ojos de los europeos o sea de la gente “bien” (dentro de la que estarán, sin duda, los “normales”) vivimos sumidos en la edad media y en el feudalismo.
Como si todo esto fuera poco, los discursos de discriminación tienden a atentar contra la propia democracia, ya que las imágenes del “otro” como enemigo colocan a ese “otro” (tan ciudadano como cualquiera) en un lugar marginal, inferior y deslegitimado. Así los discapacitados, los afrodescendientes y los trans no integrarían la categoría de la normalidad y por lo tanto, no gozarían de los mismos derechos y prerrogativas de los que sí gozan los “normales”. Serían, en buena medida, inhumanos o menos humanos que el resto de los felices normales. Lo cual me recuerda un bellísimo poema del filósofo cubano Roberto Fernández Retamar, titulado Felices los normales, del cual extraigo algunos versos, para cerrar estas líneas:
Felices los normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida […]
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los vendedores y sus compradores, […]
Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos […]
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.