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Gobierno de coalición: Poniendo hormigas en el bollón

Luis Lacalle Pou insiste en el concepto que desde junio pregona Julio María Sanguinetti: que la oposición gobierne coaligada. El objetivo inmediato es puramente electoral, buscando armar el club de socios para el balotaje; pero de resultar triunfante el chirriante eje conservador, su historia y lo demostrado en la campaña electoral vaticinan un nuevo gobierno de hormigas dentro de un bollón.

Por Ricardo Pose

 

Uno de los pasatiempos infantiles que supe compartir de niño en el medio rural era “organizar” batallas entre “ejércitos de infantería”; nuestros reclutados, incautos  soldados, eran hormigas negras y rojas -separadas-, para luego volcarlas dentro de un bollón; inmediatamente se trenzaban en feroz batalla, descuartizándose una a otras, olvidando su común condición de himenópteros, y en el fragor del combate, se descabezaban aun entre las de un mismo color.

Algo así ha sido a lo largo de la historia, los gobiernos de coalición, de coincidencia nacional, y otras pomposas denominaciones que han llevado adelante los partidos tradicionales.

Cuando la elección del presidente a fines del siglo XIX y principios del XX implicaba el acuerdo entre las bancadas legislativas, el país debió soportar las fratricidas guerras internas; caudillos empacados que se iban a las cuchillas en el medio de lo que consideraban traiciones y rompimientos de pactos.

Los conceptos “rabanito” (colorados que daban sus votos a dirigentes blancos), “comadrejas coloradas” (blancos que favorecían políticas coloradas), el Pacto del Co-Co (aquel acuerdo denunciado por los blancos sobre las políticas de Luis Batlle y los sindicatos en la búsqueda de la  industrialización nacional del país, acuerdo entre Colorados y Comunistas) y otros eufemismos nacieron en la búsqueda de algunos acuerdos de gobernabilidad por encima de las divisas.

En el período de gobiernos democráticos, luego de la dictadura cívico militar, los ejemplos abundan.

El primer gran ensayo fue en la aplicación pragmática de las políticas neoliberales del gobierno de Luis Alberto Lacalle Herrera, cuyo triunfo electoral fue posible además por los acuerdos entre el herrerismo y el Foro Batllista de Julio María Sanguinetti, quien había soltado, o mordido, la mano de Jorge Batlle.

Y no fueron los escandalosos actos de corrupción del gobierno blanco lo que rompió la coalición; la estrategia de reelección de Julio María Sanguinetti, que actuó como un doble agente de inteligencia, fue el elemento fundamental.

Apoyó el shock de medidas y el ajuste fiscal, seguramente valorando que de la crisis que provocaría el mismo obtendría el sustento de su marcado perfilismo.

Recuerden ustedes que la justificación del gobierno blanco de la aplicación de dichas medidas económicas que recayeron sobre las espaldas del pueblo era poder dar respuesta a la caótica situación financiera heredada del gobierno de Sanguinetti, su principal aliado.

El referéndum contra la Ley de Empresas  Públicas fue la oportunidad de desmarcarse para el Foro Batllista, ajeno a cualquier sentimiento del estatismo original del batllismo.

“¡Traidores!”, gritaba indignado a los del Foro Batllista el actual senador Alberto Heber.

Sanguinetti, para su segundo gobierno, conformó una coalición que le permitiera los equilibrios necesarios para administrar buena parte del paquete neoliberal implantado por el gobierno blanco, sabiendo que las brutales consecuencias las pagaría la próxima administración.

En buen romance, y esto quedó patentado durante su gestión, el arte de coaligar es una equilibrada repartija de cargos,  asegurar a cada nene su trompo. Claro, cuando los de arriba llegan a acuerdos de convivencia, siempre se joden los de abajo.

El gobierno de coalición de Jorge Batlle fue la hecatombe, la brutal crisis de 2002, el salto por la borda del barco que se hundía, con Jorge Larrañaga encabezando el salto a los botes.

 

Eje desengrasado

Luis, asegurando el préstamo de votos para el balotaje, guiña a sus posibles futuros socios, ofreciendo lo que los modelos de coalición han sabido ofrecer: puestos en la feria con determinada buena ubicación.

La conformación del eje “herrerista-riverista”, sin embargo, viene chirriando. Talvi anda empacado por quedar fuera del debate presidencial, y aunque ningún oso reniega de la miel, por más que Talvi perteneció al nefasto grupo económico capitaneado por Ramón Díaz en épocas del gobierno de Lacalle, los cargos le pueden pertenecer al sanguinettismo, siempre y cuando Cabildo Abierto, desplazando del segundo lugar al Partido Colorado, no se convierta en el socio mayor.

¿Podrá contar Luis con la lealtad de Larrañaga luego de afirmar que, de salir aprobada la reforma constitucional sobre seguridad, podrá aplicar o no la medida?

¿Qué premios consuelo les esperan a Mieres y Novick ahora que en la encuestas están debajo del PERI?

¿Le dará protagonismo en los temas ambientales a César Vega en desmedro de su correligionaria Carol Aviaga?

¿Qué va a hacer con la barra de Sartori y su estructurada visión empresarial en la gestión de los asuntos políticos?

Un gobierno de coalición que se pretende  tal debe ser como un organizado y prolijo camino de hormigas, que avanzan tras un objetivo común.

El único objetivo común demostrado hasta ahora es desplazar al Frente Amplio del gobierno; el resto de las intenciones y, sobre todo, la posibilidad de arribar a acuerdos de gestión es una incógnita o, en todo caso, hormigas en un bollón.

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