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Columna destacada

Historias de violencia, talento y sabiduría en el clásico Boca-River

Por Rafael Bayce.

La final de la Copa Libertadores de América se disputó, no sólo fuera de Argentina, donde se había fijado inicialmente, sino también fuera de territorio americano. Es surrealista, y a todas vistas absurdo, que la copa que conmemora a los libertadores de América en su lucha independentista del coloniaje español se defina precisamente en Madrid. Sería como ponerle Fernando Morena a un estadio de Nacional o Atilio García a uno de Peñarol, disparates que a nadie se le ocurriría en Uruguay, aunque justo es decir que en nuestro país se llegó al absurdo de nombrar Charrúa a un estadio deportivo construido en el parque Rivera.

 

Preguntas sin respuesta

¿Cuáles son las razones de la decisión de la Conmebol para que el partido final entre Boca y River se disputara fuera de Argentina? ¿Por qué disputar la final de un torneo americano, entre clubes americanos, en la capital de la neometrópolis colonial? ¿Por qué luego del empate en cancha de Boca (sin hinchada de River), y de la violencia ocurrida antes del segundo partido en cancha de River (sin hinchada de Boca), se decidió suspender el partido ese día y fijarlo, en primera instancia, para el día siguiente, en las mismas condiciones? ¿Por qué el día siguiente, con los estoicos compradores de entradas otra vez en el estadio, se comunica que la final no se disputará en Argentina, manejándose rumores sobre Asunción, Montevideo y Santiago?

Nadie lo explica de manera convincente. A través de trascendidos en prensa y rumores, se informa que la final sólo podría jugarse -con seguridad para el espectáculo y sus entornos- en lugares a los que las  hinchadas no puedan viajar masivamente, o donde puedan invocarse motivos policiales o judiciales para impedir el viaje y el ingreso de determinadas personas o grupos a países y estadios. Se empieza a mencionar la posibilidad de Abu Dabi, donde se jugará el Mundial de Clubes y el próximo Mundial de selecciones en 2022, pero abruptamente aparece todo listo para que se juegue la final en el Santiago Bernabéu, en Madrid. ¿Por qué? Porque la Conmebol no le creyó a River que podía garantizar la seguridad privada en una nueva final. Porque tampoco le creyeron a la ministra del Interior argentina ni al presidente Macri en sus promesas de seguridad pública para el partido suspendido. Son presunciones de alta gravedad, más cuando la reunión del G20 se haría en Buenos Aires en esos días. De nuevo, ¿por qué? ¿Por qué parecía más difícil controlar un Boca-River que una reunión de los máximos gobernantes de los países más poderosos del mundo? ¿Qué datos, sospechas o temores sustentaban esas decisiones?

 

Posibles causas de la violencia

Aventuro una opinión que le podría haber costado muy cara a los periodistas locales si la hubieran sugerido. Creo que la clave es el allanamiento e incautación de dinero y entradas que sufrió una de las principales y más poderosas barras de River dos días antes del partido. Al haberles incautado ese monto y entradas, se les habría impedido la  ganancia esperada y habrían decidido impedir que el club y otras barras ganaran si ellos no hacían lo suyo. Entonces se propusieron, y consiguieron, que River y las otras barras competidoras no sólo no ganaran nada, sino que tuvieran que devolver el dinero a los compradores de entradas para un partido suspendido y que River tuviera fuertes multas (AFA, Conmebol, FIFA) por la violencia y la suspensión. Fue una venganza contra River y contra otras barras que no habían sido inicialmente perjudicadas. Casi nadie se acuerda de que un barrabrava de los allanados e incautados dijo en televisión que el partido no se jugaría nunca más en Argentina. Tampoco se focalizó en la batalla campal que hubo entre barras del mismo River mientras ocurrían los otros hechos más difundidos.

La explicación de la violencia sucedida antes del segundo partido Boca-River está en la interna entre barrabravas de River y sus relaciones con la institucionalidad del club. Es un problema parainstitucional, pero que puede poner en peligro el poder de la institución de garantizar privadamente la seguridad, y hasta parecen estar por encima de la seguridad municipal, si no de la estadual y la federal, fuerzas de seguridad que perfectamente puede pensarse que estén alineadas y coordinadas con una u otra barra. Solo fuerzas de ‘seguridad’ alineadas con la barra perjudicada por el allanamiento e incautaciones pueden haber sido tan incapaces como para permitir una falla de seguridad tan gruesa en un operativo simple; la torpeza y desidia no son suficientes para explicar fallas semejantes, lo que hace pensar en algo más parecido a un sabotaje que a otra cosa. Es evidente que estuvieron complotadas con la barra allanada y en contra de la institución y de otras barras; hay dinero suficiente en juego como para entender esa abrupta torpeza de la seguridad privada contratada, y de la pública.

Conmebol, aun sin decirlo explícitamente, le creyó a ese barrabrava que dijo que nunca más se jugaría esa final en Argentina. Y no le creyó ni a River ni a los diversos niveles de seguridad gubernamentales que afirmaban poder garantizar la seguridad de una nueva final en Argentina. Todo eso dio lugar a la surrealista final de Libertadores en Madrid. Se tomaron decisiones, pero no se dieron explicaciones; tal vez porque la verdad es demasiado grave y peligrosa para quienes lo afirmen en ámbitos públicos.

¿Qué pasará en los próximos Boca-River, entre sus hinchadas y entre las barras de cada uno de los clubes? Porque parece que las rencillas, venganzas y revanchas intraclubistas son tan graves como las interclubistas y no se solucionan jugando sin visitantes. Desde que las barras no sólo rivalizan deportivamente, sino respecto de su dominio de un mercado de bienes y servicios, los partidos son, más que nada y más allá de ello, un mercado lícito e ilícito de privilegios y prebendas de magnitud suficiente como para cooptar fuerzas de seguridad y amenazar la legitimidad y poder de las instituciones deportivas y hasta de diversos niveles gubernamentales de seguridad.

 

Talento y sabiduría futbolística

El resultado deportivo (victoria en Madrid de River por 3 goles a 1) se explica por el inmenso talento del casi adolescente colombiano Juan Fernando Quintero, que en la media hora final, y durante el alargue, agitó su varita mágica y decidió un partido que los buenos cambios hechos por el cuerpo técnico de River habían ido emparejando primero y desnivelando después. A esto se suma que las lesiones le jugaron una mala pasada a Boca y a sus planes tácticos.

Quintero es uno de los jugadores más talentosos del mundo, con un arranque imparable, un amague ilegible, un toque exquisito, una visión panorámica superior y un cañón en la zurda. Arrancó como de 8 atrasado, como Messi, y movió todos los hilos como fino titiritero. Atrajo a Pablo Pérez, ya sentido, lo revolcó con piques y amagues, y se sumó al circuito de proximidad con Prato que había iniciado Nacho Fernández, y al que adhirieron a veces Palacios, y al final el ingresado Mayada. Terminó de anular a Pablo Pérez, tentó a la violencia a Barrios hasta expulsarlo, y provocó el abandono de Nández de la derecha para reforzar el medio y recargarse. Lujosa y productivamente, Quintero fue protagonista en los tres goles de su equipo.

River acertó con todos los cambios, de jugadores y posicionales, mientras que a Boca se le arruinaron todos los planes por esos aciertos y una increíble sucesión de lesiones en varios de sus jugadores y una expulsión bastante rigurosa: Pérez, Nández, Benedetto, Andrada, Ábila. Fue clave la decisión de adelantar y acercar a Fernández por derecha a Prato, y luego a Quintero y a los laterales. Arriesgaron sacar al defensivo e influyente capitán Ponzio, con tarjeta amarilla, para darle lugar a Quintero, y reforzando el ataque en el sector Magallán-Olaza-P. Pérez-Barrios, con resultado de goles, expulsión y lesiones.

Una última observación de lo que nunca ven los que transmiten y comentan: es cierto que en el primer gol de Boca, de Benedetto, él enganchó y definió de forma brillante, y que Nández le metió una maravillosa cortada de más de 30 metros. Pero también es cierto que los backs de River pusieron su granito de arena: Pinola, zurdo, trató de cortar el pase de Nández a contraperfil, con zurda, cuando debía hacerlo con la derecha para poder seguir defendiendo con el perfil adecuado si no cortaba; y luego de ese yerro, el otro back, Maidana, también cerró a contraperfil, de derecha hacia su izquierda, con lo cual quedó fuera de posibilidades de reacción ante el enganche de Benedetto. Muy bien Nández y Benedetto, pero ‘con una pequeña ayuda de mis amigos’.

Las cortadas exitosas son siempre producto de tres factores interrelacionados, simultánea y consecutivamente: un buen lanzador y pase (lo único que se ve); un pique justo, con cuidado con el offside y marcándolo al lanzador (pocas veces apreciado), y errores de perfilamiento y posicionamiento de pies de los defensores, no siempre en el espacio correcto. En el caso concreto de ese gol, las tomas aéreas muestran con claridad lo que digo, que puede reverlo, lector, si así lo desea.

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