La conciencia de la derrota, la soledad última, el amor que se escurre y, como el mar, “se hará el manso, el hermoso, el triste, el olvidado”, la lucidez ante el drama de la finitud, han quedado plasmadas bellamente en la poesía de Idea Vilariño. En su obra tiene destacado lugar la idea de la muerte. Es inevitable; es recurrente; es casi concluyente.
“Quiero morir. No muero”, dice en el poema homónimo.
“Tantos dioses que huyeron con palabras queridas no me dejan morir definitivamente”.
No puedo evitar acordarme de Virginia Woolf, por aquello de los libros como raíces o vasos comunicantes, a quien siempre se ha considerado una escritora atormentada. No sé hasta qué grado Idea pudo haber sido un ser atormentado, pero tuvo una que otra experiencia similar a las de Virginia. Ambas, siendo muy jóvenes, perdieron a sus madres repentinamente, aunque tal vez ahí se terminan las semejanzas (las comparaciones suelen ser bastante inútiles, por otra parte, en el arte). No comparo; más bien exploro, abro libros, leo poemas, frases, fragmentos; me dejo sugerir.
Existen dos actitudes básicas frente a la poesía y frente al arte en general: una es de perplejidad e incluso de rechazo. La otra es de melancolía y de fascinación. La perplejidad, o el “no entiendo”, o “no me interesa”, o “no sirve para nada”, está muy arraigada, pero no se trata a mi entender de una carencia, una dificultad de comprensión, y mucho menos del fruto de “una mente simple”, como se ha querido mostrar desde alguna pretendida superioridad intelectual. Dicho sea de paso, la pose de superioridad intelectual, bastante extendida en nuestro país (nosotros también tenemos nuestros Foucault y Hobsbawm vernáculos), va de la mano de frases o de supuestos recurrentes que giran en torno a un concepto central; todas o casi todas las personas son ignorantes, burros y burras; la gente dice cualquier cosa, y otros tópicos por el estilo. Estas ideas suelen ser lanzadas al aire, incluso desde programas radiales, con la más regocijada impunidad. Defiendo la idea, dejando de lado soberbias y pecados lindantes, que la relativa impopularidad de la poesía en nuestro país consiste más bien en una renuencia en asomarse al pozo, al precipicio, al torbellino que supone la poesía, porque lo desnuda a uno, lo despoja, lo enfrenta a los propios miedos y a los fantasmas particulares, que no dejan de rondar a cada una de las almas humanas. Ni les digo del miedo a la muerte.
Nunca olvidaré una pequeña situación que viví a los veinte años. Estábamos en el Instituto de Profesores Artigas. No sé cómo había llegado a mis manos un extraño folleto de propaganda sobre la alimentación natural. En aquellos tiempos era raro un material semejante. El folleto incluía una especie de cuestionario. Según las respuestas que uno daba, se estimaba la edad a la que podía morir. Me pareció ridículo y divertido, así que después de hacerlo (a mí me indicó que iba a vivir hasta los ochenta años) invité a un compañero a llenar ese cuestionario. Insólitamente se negó. Me miró de costado y me confesó que le daba miedo saber a qué edad moriría, y por más que intenté demostrarle que era totalmente imposible que el folleto acertara, siguió negándose.
Para Simone Weil, «el pensamiento rechaza de tal modo la desdicha que es tan incapaz de detenerse voluntariamente en ella […] El pensamiento colocado frente a la desdicha huye hacia la mentira […] El pensamiento está obligado a rehuir la desdicha por un instinto de conservación infinitamente más esencial a nuestro ser que el que nos aparta de la muerte carnal». Pero frente al dolor, Weil coloca a la belleza, que es de algún modo la encarnación del bien. La belleza, esa dimensión esquiva y, sin embargo, rotundamente presente, es la que se manifiesta en la poesía, y por eso es en cierto modo imperdonable la indiferencia (y el olvido, por supuesto) frente a nuestras grandes voces poéticas.
Una de las causas de la reticencia a abrirse a la poesía (en especial a esa poesía que suele tildarse de dura, sombría, descarnada) es precisamente el temor al dolor y a la muerte. Y, no obstante (he ahí la paradoja), el arte es el decreto de la muerte del tiempo, no solamente por la perdurabilidad de las obras de arte, sino ante todo por la existencia misma del ser humano, ese del cual proviene toda fuente, toda expresión, toda potencia. Olvidarlo, olvidar la belleza que se enmascara tras el dolor, puede costarnos demasiado caro.
Así lo expresa Weil: “¿Cuántas veces la claridad de las estrellas, el ruido de las olas del mar, el silencio de la hora que precede al alba vienen en vano a reclamar la atención de los hombres? No conceder atención a la belleza del mundo es quizá un crimen de ingratitud tan grande que merece el castigo de la desdicha. Ciertamente, no siempre lo recibe; pero en este caso, el castigo a ese crimen será una vida mediocre, y ¿en qué es preferible una vida mediocre a la desdicha?”