Su equipo trabajó con un individuo de 65 años tetrapléjico, denominado T5, al que implantaron dos pequeños sensores, “del tamaño de una aspirina para bebés”, en la zona del cerebro que controla los brazos y las manos, permitiéndole, por ejemplo, mover un cursor en una pantalla con órdenes mentales lanzadas a su propia extremidad.
Asimismo, a través de las señales que los sensores captaban de neuronas individuales cuando el sujeto pensaba que escribía sobre un bloc y con un lápiz -ambos imaginarios-, un algoritmo de aprendizaje automático era capaz de reconocer los patrones que generaba su cerebro con cada letra.
De esta manera, T5 logró copiar frases y contestar preguntas a un ritmo de 90 caracteres por minuto, una velocidad similar a la que una persona de su edad escribe con un teléfono móvil.
Este dispositivo BCI de “cerebro a texto” es tan rápido porque cada letra genera un patrón de actividad altamente reconocible, lo que le permite al algoritmo distinguir fácilmente una letra de otra, destaca.
Durante los múltiples ensayos, los investigadores presentaron a T5 conjuntos de frases y le pidieron que efectuara un esfuerzo mental para “trazar a mano” y sin usar mayúsculas composiciones como “lo interrumpí, incapaz de guardar silencio” o “en treinta segundos el ejército había aterrizado”.