Trataba de dejar al descubierto cómo la extrema derecha global ya no se limita a emplear el lawfare o métodos heterodoxos para intentar destituir, encarcelar o asesinar a los liderazgos populares de la región —como ha ocurrido con Cristina Fernández de Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva, Evo Morales, Gustavo Petro, Hugo Chávez o Rafael Correa—, sino que ahora apunta a intervenir directamente el corazón mismo del proceso democrático. Expliqué que la propia Corte Constitucional colombiana había emitido un fallo desfavorable sobre el software que se utilizaría en los comicios; aclaré quiénes eran sus propietarios y expuse sus nexos con el candidato ultraderechista Abelardo de la Espriella.
Por alguna razón nunca explicitada, los editores de New Left Review decidieron no publicar mi texto y esperar a que pasara la primera vuelta electoral, ofreciendo un arsenal de recomendaciones para que el escrito pudiera satisfacer «sus expectativas». Ahí entendí que no se trataba de un ejercicio de solidaridad intelectual igualitario, mediante el cual nos ayudáramos a comprender qué está sucediendo en el nuevo escenario político mal llamado «occidental». Muy por el contrario, me di cuenta de que el guion estaba predeterminado y de que debía cumplirlo a rajatabla si deseaba publicar allí.
Desde una lectura superficial, las sugerencias buscaban pulir el artículo y dotarlo de ese aire de moderación que tanto anhelan consumir en el Norte global. Sin embargo, desde una perspectiva más profunda, lo que se disputaba era el relato mismo de lo que ocurre hoy en el mundo. El editor, tras debatir largamente con otro editor, había llegado a la conclusión de que yo debía explicar qué errores había cometido Petro para que Iván Cepeda no hubiese ganado en primera vuelta.
Se me exigía redactar esas famosas «tablas de la autocrítica» que buscan justificar por qué la izquierda no logra enamorar con la misma eficacia que la derecha, como si existiera la idílica esfera pública habermasiana en la que cada candidato ofrece su mejor argumento para persuadir a la conciencia neutra y libre de un ciudadano ideal. Algo así como la versión secularizada de ese puritanismo ramplón y cínico que nos hizo creer durante décadas que la religión era un asunto estrictamente privado, mientras sentaba las bases para el actual evangelismo sionista autodestructivo.
Pero volvamos a la anécdota. Además de condicionarme a atribuir las dificultades del triunfo a las fallas del Pacto Histórico, me instaban a omitir cualquier alusión a un posible fraude electoral. Según su perspectiva, no era prudente señalar algo que, presuntamente y contra toda evidencia, el propio Iván Cepeda habría descartado. Consideraron que este argumento de autoridad —completamente falaz, por cierto, dado que Cepeda jamás cerró esa posibilidad— podía torcer el relato de las irregularidades en el proceso y devolvernos a la tranquilizadora premisa de un «mundo libre» en el que la izquierda está condenada a regodearse en sus derrotas.
Tras esos comentarios, me invitaron a redactar una versión actualizada para publicar antes de la segunda vuelta. Confieso que mi primera reacción fue no enviarles nada; sin embargo, tras reconsiderarlo, decidí afinar los argumentos y suavizar ciertos tonos, pero insistiendo en que el Norte global debía comprender la magnitud de la ofensiva contra los procesos políticos populares de nuestra región. Lo sé: fui ingenua. El editor no publicó la nueva versión; esperó a que se celebrara la segunda vuelta y ejecutó una gambeta retórica insólita mediante la cual me responsabilizaba de no haber entregado el texto a tiempo. Me invitaba, además, a incorporar las correcciones sugeridas para entregar una nueva versión adaptada al escenario que daba por ganador a Abelardo de la Espriella. Ahí rompí toda comunicación.
La historia bien pudo haber terminado allí, de no ser porque hace apenas diez días me contactaron para invitarme a redactar una nota sobre el triunfo de De la Espriella para el diario El País de España. Como la persona que me escribió me pareció muy amable, no dudé en hablarle con absoluta franqueza. Le advertí que en mis reflexiones abordaría los distintos mecanismos de fraude electoral en Colombia —pudiendo hacerse extensivo a Ecuador, Honduras, Perú, etc.— y le pedí que me dijera, con esa misma honestidad, si eso superaría los «filtros» que siempre imponen en ese medio cuando nos convocan a opinar sobre nuestros procesos políticos.
La respuesta fue inmediata: según él, los observadores internacionales habían constatado la impecable transparencia de las elecciones, por lo que no se trataba de censura, sino de un «ejercicio de sensatez» evitar cualquier alusión a un posible fraude. Nuevamente se apelaba a un supuesto argumento de autoridad para deslegitimar mi postura. Sobre Abelardo de la Espriella tenía luz verde para escribir lo que quisiera, pero me quedaba tajantemente vedada la posibilidad de problematizar la integridad de los resultados electorales.
En un principio me limité a contarle a mi pareja y a varios amigos lo que me había sucedido. Me llamaba la atención que en un período de tiempo tan breve hubiese pasado dos veces por la misma situación. No tenía pensado escribir sobre esto; no me gusta mezclar el plano personal en mis reflexiones políticas. Pero esta vez creo que la anécdota refleja un síntoma que va más allá de las personas concretas con las que tuve estos desencuentros. Apunta, más bien, a una sensibilidad instituida en el corazón de las izquierdas del Norte global. Como gusta decir a mi amigo el filósofo Bruno Bosteels, la izquierda europea hace mucho tiempo que quedó atrapada en la «filosofía de la derrota». Pero no solo eso: ahora obliga al resto del mundo a encajar en ese mismo libreto.
¿Por qué no me autorizaron a publicar un texto en el que la autora se responsabiliza de sus propias reflexiones? ¿Acaso la política, como ya enseñó Aristóteles, no se mueve en el terreno conjetural de la verosimilitud? ¿Qué barrera temían atravesar al dar rienda suelta a una serie de reflexiones elaboradas por una intelectual latinoamericana que lleva quince años investigando sobre los procesos políticos de la región? ¿A qué norma —o a qué temor— se aferra esa sensibilidad liberal de izquierda?
Debo confesar que esta experiencia, salvando todas las distancias del caso, me ayudó a sentir en carne propia las dificultades que habrán experimentado las primeras personas que trataron de contar la historia de nuestras dictaduras del siglo pasado y los aterradores planes con los que acallaron a toda una generación de jóvenes dispuestos a construir una América Latina justa y soberana. Pero no es con esta reflexión con lo que quería terminar, sino con la evidencia que en su momento no podía ofrecerle a los aduaneros del sentido común de la izquierda del Norte global.
Al igual que muchas personas, asumí la responsabilidad de formar parte del grupo de «testigos digitales» del Pacto Histórico. Gracias a ello, pudimos hacer un seguimiento muy riguroso de todo el proceso electoral en la segunda vuelta en Colombia. Esto dio los insumos para una denuncia penal presentada por los ciudadanos William Roy Villanueva, Jaime Casadiego León, Damian Garcés Restrepo, Alexander Montaña Narváez, Sixto Acuña Acevedo y Luis Alfredo Onofre Valencia contra el Consejo Nacional Electoral (CNE), la Registraduría Nacional del Estado Civil, Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo. Esta denuncia, abalada por el actual presidente de la República, exige la nulidad de las elecciones en Colombia y la realización de un nuevo proceso con las garantías necesarias para la transparencia.
Quienes deseen comprender las dimensiones del caso pueden revisar la construcción del expediente, el cual sin duda sentará un precedente valioso no solo para el país, sino para toda la región. Leer, difundir y debatir públicamente esta información es indispensable si aspiramos a defender la transparencia democrática en nuestro continente y comprender la magnitud de lo que está sucediendo con nuestras democracias representativas. La denuncia presentada ante las autoridades se articula en torno a tres ejes fundamentales la vulneración del derecho ciudadano a verificar la autenticidad de las actas E-14, la alteración sistemática de cientos de documentos digitalizados y el uso no registrado de un servidor en Estados Unidos que intervino en el procesamiento de los datos.
A partir de estos hallazgos, surgen interrogantes de fondo que exigen respuestas inmediatas: ¿Qué hacía un servidor no declarado operando desde Estados Unidos? Resulta alarmante que un sistema externo, en paralelo a la infraestructura oficial de la Registraduría, haya intervenido en la manipulación de las actas E-14. ¿Por qué se publicaron los primeros resultados de forma prematura? La difusión anticipada de datos rompió los protocolos de seguridad antes de que la información pudiera ser debidamente validada. ¿Por qué se eliminaron los mecanismos de verificación de las actas E-14? Al despojar las imágenes de sus sellos de autenticidad, las actas quedaron expuestas a modificaciones y manipulaciones sin dejar rastro directo.
¿Cómo se explica la rigidez de un patrón matemático desacoplado de la realidad? En una contienda con una diferencia de apenas el 1 %, resulta matemáticamente sospechoso que dicho porcentaje se mantuviera inalterado durante todo el escrutinio. Un comportamiento tan estático contrasta con la heterogeneidad natural de las mesas de votación en todo el territorio nacional. Además, el análisis verifica un comportamiento atípico en las nuevas mesas: para la segunda vuelta se sumaron 5000 mesas de votación y, de manera llamativa, la totalidad de estas volcó su votación de forma abrumadora hacia la candidatura de Abelardo De la Espriella.
Pero eso no fue todo. Sufragios desde el más allá y cédulas de fallecidos: reapareció un fenómeno recurrente en los cuestionamientos electorales del país, la aparición de votos registrados a nombre de personas fallecidas. Participación irregular de menores de edad: se detectaron registros de votantes que no cumplían con la mayoría de edad requerida por la normativa constitucional para ejercer el derecho al voto. Anomalías en la custodia del material electoral: Aparecieron actas E-14 previamente firmadas y custodiadas de forma irregular en bodegas de Bogotá, al margen de los procedimientos oficiales de transporte y acopio.
La información expuesta en esta denuncia no debe quedar sepultada en los estrados judiciales; debe convertirse en materia de debate público en toda América Latina. Invito a la ciudadanía a revisar las pruebas, difundir el caso y exigir cuentas. Este giro estratégico del poder imperial marca una mutación profunda en las formas de la injerencia regional: ya no se trata de esperar al desenlace de las urnas para desestabilizar a los gobiernos incómodos, sino de condicionar y manipular preventivamente las reglas del juego democrático.
Al combinar la guerra judicial, la manipulación algorítmica en los conteos de votos y la asfixia mediática, la nueva doctrina hemisférica busca garantizar la restauración conservadora desde la propia arquitectura electoral. En este escenario, la contienda en Colombia no representa un episodio local aislado, sino un laboratorio crucial donde se pone a prueba la capacidad de resistencia del movimiento popular latinoamericano frente a una ofensiva geopolítica que pretende reinstaurar el patio trasero mediante mecanismos tecnocráticos e institucionales.
Romper el cerco mediático y liberarnos del paternalismo académico del Norte global no es una opción teórica, sino un imperativo de supervivencia democrática. Ni sus tutelas editoriales ni su resignación autocomplaciente van a definir la verdad de lo que ocurre en nuestras tierras. Nos corresponde a nosotros, desde el trabajo riguroso de la militancia, la investigación y la acción ciudadana, disputar la narrativa, documentar el despojo y construir nuestras propias vías de emancipación. La soberanía de América Latina no solo se defiende en las urnas o en las calles, sino también en el coraje de pensar, denunciar y escribir con cabeza propia. Y, de paso, quizá ayude a los intelectuales del Norte global a recordarles algo que ellos mismos fueron capaces de construir cuando estuvieron del lado de los oprimidos de la historia: la audacia de contarnos la historia de otra manera.
Nota de Luciana Cadahia para Jacobin