Jugar con fuego
El miércoles 6 de enero, cuando todo el mundo pensaba que el gobierno iba a anunciar algún tipo de acuerdo de adquisición de vacunas y disponer nuevas medidas restrictivas para contener la ola desatada de contagios, el presidente dio una conferencia de prensa insuflado de un optimismo irracional y no solo no presentó ningún atisbo de compromiso de provisión de ninguna de las opciones de vacunas, ni siquiera las que a él más le gustan porque son fabricadas en Estados Unidos, sino que en lugar de cerrar cosas o restringir actividades, amplió la gama de actividades habilitadas y extendió el horario de los bares y restaurantes. Para hacerlo, se agarró de un conjunto de datos completamente perturbados a partir del 23 de diciembre, dado que desde esa fecha comenzaron a caer violentamente la cantidad diaria de tests de PCR y a subir de manera dramática la proporción de tests con resultado positivo, llámese la “positividad”. Como corolario de una conferencia cuando menos desafortunada, se vanaglorió de que el número de internados en terapia intensiva se había estabilizado y eso fue como la “voz de aura” para que comenzara a escalar de forma continua, acumulando hasta el cierre de este artículo siete días consecutivas de ascenso en los que pasó de 72 a 108 internados la cantidad de pacientes de covid-19 en CTI, lo que representa una suba redonda del 50%. Si esa tendencia se mantiene, y se va a mantener porque las personas que ingresarán a CTI en los próximos días ya se cuentan entre los infectados, los signos de desborde de la capacidad de carga nuestro sistema sanitario se van a acumular, y si no se hace nada ya para evitar que se sigan produciendo contagios al ritmo que se están produciendo, al peor enero epidemiológico, le va a seguir el peor febrero sanitario de la historia.