La cuestión de si está bien o mal jurar la bandera es un debate largamente instalado en nuestra sociedad. Se han ocupado de este asunto muchos historiadores y pensadores de las más diversas procedencias. Yo creo que se destacan dos problemas básicos: uno es si corresponde del punto de vista normativo que los niños y niñas realicen dicho juramento. Otro es si resulta pertinente el juramento desde otras dimensiones, como, por ejemplo, la ética, la educación en libertad y la responsabilidad ciudadana.
En cuanto al primer punto, salta a la vista una grosera incoherencia en el juramento, puesto que se reclama el mismo a niños y niñas que por no haber cumplido la mayoría de edad tienen la ciudadanía suspendida (artículo 80, literal 3º). En segundo lugar, tampoco parece coherente hacer una pregunta cuya única respuesta válida es afirmativa. En efecto, la opción de contestar en forma negativa no está siquiera contemplada.
La omisión de hacer la jura, mientras tanto, sigue acarreando múltiples sanciones individuales e institucionales. En lo personal no conozco ningún caso de alguien que se hubiera negado a jurar la bandera, pero me imagino que será algo así como negarse a contraer matrimonio delante del sacerdote, del novio o de la novia y de los invitados. O como cuando H.D. Thoreau se negó a pagar los impuestos, aduciendo que no iba a colaborar con un Estado esclavista que emprendía guerras injustificadas. O como cuando Cassius Clay (Muhammad Ali) se negó a enrolarse en el ejército estadounidense y marchar a Vietnam. Un horror de ese tipo. En suma, desobediencia civil.
Se me podrá decir que la jura de la bandera está relacionada con el honor y el patriotismo. Sin embargo, me cuesta suponer que un niño de doce años, promedio, pueda comprender cabalmente el alcance de esos términos y jurar que ofrendará su vida para sostener y defender todo lo que simboliza la bandera. Las palabras de este juramento me recuerdan, además de las habituales reminiscencias fascistas -niños formados en larguísimas falanges de ejércitos, con el brazo en alto y la mirada nublada por el fanatismo-, a los niños espartanos, separados de sus familias desde los siete años y sometidos a durísimas pruebas que integraban, se suponía, su educación.
Sé que todos hemos jurado la bandera y sobrevivido a dicho juramento. Sé también que la mayor parte -por no decir la totalidad- de los niños y niñas no entiende lo que está jurando, y que el barullo y el aburrimiento son grandes, y que lo único que desean (ellos y los adultos) es terminar lo antes posible con una pesada ceremonia sin mayor sentido. Pero ese no es el punto, como tampoco lo es el pretendido patriotismo.
Habría que empezar por problematizar ese y otros conceptos considerados relevantes para nuestro estado, nuestra sociedad y nuestra conciencia cívica. Problematizarlos no para negarlos o para suprimirlos, sino para que dejen de manifestarse sólo a través de mandatos inapelables. Nada puede ser inapelable en una democracia. En lo que refiere a la jura de la bandera, el problema no es la crítica al juramento. El problema es el juramento mismo, tal cual está formulado, ya que lejos de incentivar el patriotismo, como pudiera creerse de buenas a primeras, se limita a estimular una obediencia ciega, un silencio cómplice y una aquiescencia absolutamente acrítica.
Yo creo que habría que celebrar la fecha con una actitud muy diferente; con un canto a la democracia, a la responsabilidad cívica, a la soberanía auténtica. En suma, a la libertad, por aquello de que “Con libertad no ofendo ni temo”. Eso es lo que diría, me atrevo a suponer, nuestro prócer José Artigas si pudiéramos preguntárselo.