Hay que reconocerle al gobierno su dominio de la agenda pública en virtud de un dominio impresionante del sistema de medios dominantes. Hacen lo que quieren, dicen cualquier cosa sin ruborizarse. Humillaron al GACH y le terminaron haciendo un homenaje, le echaron la culpa a los muertos de sus muertes, al pueblo de los contagios, instalaron que la libertad responsable era la condición sine qua non de la humanidad, y le hacen bullying a todo el que se les plante en frente. La oposición se puso dura y salieron a batir auditorías que ni siquiera son auditorías, y son capaces de reconocer que ese posrelato de la posverdad es un componente central de su artillería contra la izquierda. Lacalle Pou no va a quedar en la historia como un gran estadista ni mucho menos, pero este período en el que nuestro país fue gobernado por una agencia de publicidad inescrupulosa ante la máxima subordinación de los medios locales se va a estudiar.
Todo hoy es propaganda para tapar los desastres de la gestión en todos los planos. Lacalle Pou no resiste un archivo, pero el archivo no se expone salvo en redes sociales y medios alternativos. Todo hoy es una sucesión de mentiras, mientras el proyecto restaurador avanza en paralelo a cementerios que se expanden para poder enterrar a la víctimas de la pandemia. Nunca habíamos vivido algo igual, un oportunismo ideológico necrofílico, que utilizó la pandemia para avanzar disciplinado y aprovechó la distracción impuesta por la muerte de tantos compatriotas para construir poder en base a una publicidad ubicua y engañosa.
Las auditorías no son auditorías. Al GACH se le ignoró en el peor momento. Las muertes por miles eran evitables. Los combustibles subieron dos veces y por encima de la inflación. La pobreza creció de forma impresionante porque el Estado es uno de los que menos invirtió en el continente para paliar los estragos sociales de la pandemia; Uruguay vive un deterioro de las libertades en medio de un discurso de la libertad, una supresión sistemática de derechos que desarman el estado social y el presidente se mete hasta en la interna del sindicato médico u ordena al Parlamento pronunciarse contra una cadena internacional para tomar represalias contra todos los frentes que tuvieron el coraje de contradecirlo o de criticarlo. Este panorama terrible de hiperrealidad venturosa montada sobre una política de tierra arrasada tiene fecha de caducidad. Pero, mientras tanto, sigue haciendo un daño inconmensurable a la sociedad, a las instituciones y a la vida.