Ya hemos visto el resultado del gobierno de Macri y es terrible. Y ahora vamos a ver el resultado del gobierno de Bolsonaro y va a ser todavía peor. Porque Bolsonaro a todo el combo neoliberal le añade un racismo fervoroso, una homofobia militante y una prédica neonazi de persecución ideológica a la que quiere darle el carácter de emblema de su gobierno: limpiar el país del marxismo, del izquierdismo, del feminismo, figurando un revólver con sus dedos, trasformando el gatillo en consigna y en estrategia.
En ese cuadro, blancos y colorados salen a decir que no, que ellos coinciden apenas en que quieren barrer con el populismo del Frente Amplio, quieren que se vayan del gobierno y cambiar el signo de las políticas públicas, pero que no está en sus planes postrar económicamente al país, someterlo de nuevo a los dictados del Fondo Monetario Internacional, privatizar las empresas públicas, suprimir políticas sociales o amenazar a los homosexuales y a las mujeres. Que ellos comulgan con la voluntad de desplazar al progresismo del gobierno nacional, pero que no son neoliberales ni acompañan la prédica fascista Bolsonaro. En suma: que convergen en lo bueno -que es ganar- pero que no se suman a todo lo malo, que viene a ser todo lo que hacen después de que ganan, cuando gobiernan.
Sin embargo, aun cuando la intención genuina de blancos y colorados fuera esa, no tienen ninguna chance de prosperar. Porque sus aliados políticos regionales, que además conducen los países más grandes del subcontinente, van a imponer la agenda y los van a obligar a subirse al caballo que ellos quieran, porque la agenda ni siquiera la determinan en Buenos Aires o en Brasilia, la construyen corporaciones económicas y grupos de poder que actúan por detrás, por encima y por debajo de los gobiernos que ellos instalan para representarlos. En Uruguay sería prácticamente igual, más allá de que es posible que la resistencia de los movimientos sociales, bastante más organizados y unitarios en nuestro país que en el resto de la región, haga difícil que avancen a la misma velocidad.
Lo que estamos viendo en Brasil y Argentina es una muestra adelantada de lo que vamos a ver en Uruguay si la derecha retorna: una agenda neoliberal que va a multiplicar la pobreza y va a destrozar la economía; una política activa de redistribución regresiva de los ingresos, de supresión de derechos adquiridos y de persecución política, sindical, ideológica, homofóbica y hasta de género. Esa es la agenda que la derecha quiere y esa es la agenda, la agenda que la derecha está instalando en los medios, en la redes sociales, y la que le va a exigir a cualquier candidato de su palo que obtenga la presidencia de la República en nuestro país.
Lo que va a estar en juego en los próximos años en América del Sur, habida cuenta la líneas directrices del gobierno de Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil y Macri en Argentina, es la democracia misma tal como la conocemos, porque el tipo de derecha que ganó terreno en el continente tiene el doble objetivo de la restauración de los privilegios económicos de los más ricos y de la exclusión política del enemigo interno. Cualquier expresión de la derecha que gane en Uruguay se inscribe en ese contexto y en ese mandato. Si para la izquierda es difícil esquivar la ola conservadora, para la derecha es sencillamente imposible desentenderse de su estrategia.