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La banca central frente a un nuevo mundo: cuando subir las tasas ya no alcanza

Durante los años noventa y buena parte de los dos mil, la globalización contribuyó a contener los precios.

Durante más de tres décadas, la política monetaria mundial se apoyó en una premisa relativamente sencilla: cuando la inflación aumenta, los bancos centrales elevan las tasas de interés para enfriar la demanda; cuando la economía se desacelera, reducen las tasas para estimular el crecimiento. Este enfoque, conocido como régimen de metas de inflación, se convirtió en la piedra angular de la estabilidad macroeconómica en gran parte del mundo.

Sin embargo, los acontecimientos de los últimos años están poniendo en cuestión varios de los supuestos que sustentaron ese modelo. La pandemia, las tensiones geopolíticas, las guerras comerciales, los conflictos armados y la fragmentación de las cadenas globales de suministro han dado lugar a una nueva realidad económica en la que la inflación ya no surge únicamente por un exceso de demanda, sino también por restricciones persistentes de la oferta.

En este contexto, la economista ebnem Kalemli-Özcan advierte que la ortodoxia monetaria heredada de las últimas décadas podría resultar insuficiente para enfrentar los desafíos de una economía mundial cada vez más fragmentada e inestable.

El regreso de los shocks de oferta

Durante los años noventa y buena parte de los dos mil, la globalización contribuyó a contener los precios. La integración comercial permitió producir donde era más eficiente, reducir costos y expandir cadenas de suministro internacionales que abastecían a consumidores de todo el mundo.

Esa realidad comenzó a cambiar de manera acelerada en los últimos años. La pandemia de COVID-19 paralizó puertos, fábricas y sistemas logísticos. Posteriormente, la invasión rusa a Ucrania afectó los mercados energéticos y alimentarios. Más recientemente, las tensiones entre Estados Unidos y China, los conflictos en Medio Oriente y las nuevas estrategias de relocalización productiva han generado mayores costos y nuevas vulnerabilidades.

El resultado ha sido una sucesión de shocks de oferta que reducen la capacidad productiva, encarecen insumos estratégicos y alimentan presiones inflacionarias que no responden necesariamente a un exceso de consumo.

El dilema de los bancos centrales

La política monetaria tradicional fue diseñada para controlar la demanda agregada. Cuando los consumidores y las empresas gastan demasiado, los bancos centrales pueden elevar las tasas de interés para moderar la actividad económica.

Pero cuando la inflación proviene de problemas de oferta, el margen de acción es mucho más limitado.

Un aumento del precio del petróleo por una guerra, una interrupción en la producción de semiconductores o una crisis logística internacional no pueden resolverse mediante una suba de tasas de interés. De hecho, una política monetaria excesivamente restrictiva puede terminar desacelerando el crecimiento económico sin solucionar las causas originales del aumento de precios.

Este fenómeno quedó en evidencia durante el ciclo inflacionario posterior a la pandemia. Muchos bancos centrales endurecieron agresivamente su política monetaria mientras una parte significativa de la inflación estaba vinculada a factores externos y transitorios relacionados con la oferta global.

La importancia de las expectativas

Según Kalemli-Özcan, la efectividad de la política monetaria depende cada vez más de la percepción de los mercados y de la credibilidad institucional.

En un entorno caracterizado por shocks recurrentes, los bancos centrales no solo deben actuar sobre las condiciones financieras, sino también gestionar las expectativas de empresas, trabajadores e inversores.

Si los agentes económicos creen que la inflación será temporal y que las autoridades mantendrán el control, las presiones inflacionarias tienden a moderarse. Pero si perciben que los bancos centrales carecen de herramientas para enfrentar los nuevos desafíos, las expectativas pueden desanclarse y alimentar una dinámica de inflación persistente.

En otras palabras, la política monetaria moderna opera tanto a través de las tasas de interés como de la confianza.

Un mundo más fragmentado

La creciente fragmentación geopolítica agrega una nueva capa de complejidad.

Las estrategias de "friend-shoring", la relocalización industrial, las restricciones tecnológicas y las disputas comerciales están modificando profundamente el funcionamiento de la economía mundial. La búsqueda de resiliencia y seguridad económica está reemplazando gradualmente a la lógica de máxima eficiencia que predominó durante la globalización.

Si bien estas transformaciones pueden reducir vulnerabilidades estratégicas, también implican mayores costos de producción y una inflación estructuralmente más elevada que la observada durante las décadas previas.

Para los bancos centrales, esto significa operar en un escenario donde los shocks de oferta podrían convertirse en una característica permanente y no en episodios excepcionales.

¿Hacia una nueva política económica?

La conclusión que emerge de este debate es que la estabilidad de precios ya no puede depender exclusivamente de la política monetaria.

Las economías deberán complementar la acción de los bancos centrales con políticas que fortalezcan la oferta productiva, impulsen la inversión, desarrollen infraestructura, aceleren la innovación tecnológica y mejoren la resiliencia de las cadenas de suministro.

También será necesaria una mayor coordinación entre política monetaria, política fiscal, política industrial y estrategias de seguridad económica.

El desafío consiste en diseñar instituciones capaces de gestionar una economía más incierta, donde los riesgos geopolíticos y las interrupciones de oferta forman parte del escenario habitual.

El fin de una era

Durante décadas, la banca central fue considerada la principal herramienta para garantizar la estabilidad macroeconómica. Hoy, esa visión comienza a ser revisada.

La inflación del siglo XXI ya no responde únicamente a los ciclos tradicionales de demanda. Surge también de conflictos geopolíticos, transformaciones tecnológicas, vulnerabilidades logísticas y cambios estructurales en la economía global.

En este nuevo contexto, los bancos centrales continúan siendo actores fundamentales, pero ya no pueden actuar solos. La estabilidad económica dependerá cada vez más de la capacidad de los países para adaptarse a un mundo menos globalizado, más complejo y sujeto a perturbaciones permanentes.

La gran pregunta para los próximos años no es si los bancos centrales deben abandonar las metas de inflación, sino cómo redefinirlas para una realidad donde los shocks de oferta dejaron de ser una excepción para convertirse en la nueva normalidad.

Este debate tiene especial relevancia para economías pequeñas y abiertas como Uruguay, donde gran parte de la inflación proviene de factores externos energía, alimentos, tipo de cambio y costos logísticos internacionales que escapan al control directo de la autoridad monetaria. En ese contexto, la coordinación entre política monetaria, fiscal, productiva y comercial adquiere una importancia creciente para sostener la estabilidad macroeconómica sin comprometer el crecimiento y el empleo.

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