La derecha nos propone seguridad. Cuando el clima se lo permite puede ofrecer gatillo fácil, rifle sanitario y hacer campaña figurando un revólver con los dedos, a lo Bolsonaro. Pero ellos no vienen a solucionar el problema de la delincuencia, vienen a aplicar un modelo económico de exclusión y, ya de paso, a meter palo, no tanto para reprimir a los malvivientes como para contener la reacciones sociales que produce la exclusión. Con la derecha el delito no baja nunca, porque a los problemas inherentes de la época, les añade el caldo de la destrucción de la economía familiar, el desempleo, la expansión de la pobreza y el aumento de la desigualdad. En dos años te saca a la inseguridad del foco de las preocupaciones ciudadanas, pero no porque el delito disminuya, sino porque el problema central pasa a ser conservar el empleo, conseguirlo cuando no se tiene y parar la olla en todos los casos. La prensa, que es muy sumisa en estos casos, te saca los crímenes de la tapa y empieza a bombardear con el programa en serio: bajar el costo del Estado, reducir las política sociales, privatizar las empresas públicas, liberalizar la economía y desregular las relaciones laborales. ¡Ya lo han hecho tantas veces!
Otro tema que va a estar en el tapete es Venezuela. Pero no Venezuela como desafío ni como proyecto, sino Venezuela como cuco, como demonio a exorcizar, como mito maligno de la modernidad. Va a ocupar el lugar de la Unión Soviética de la Guerra Fría y de Cuba en el siglo XX. Nadie va a hablar de la Venezuela bloqueada, asediada, agredida por Estados Unidos y sus aliados. Nadie va a explicar por qué la mayoría de los venezolanos sigue siendo chavistas hoy mismo, pese a todos los problemas económicos y la amenaza en ciernes de una invasión militar. Van a hablar de Venezuela como la peor dictadura de la historia. Cuentan para ello con la ventaja de que todos los medios del mundo dicen lo mismo y no hay nada que le guste más a la derecha que alinearse detrás de lo que dicen todos los medios del mundo, que son una multitud pero a la vez son una sola voz, la voz del poder real, monocorde, unidireccional y estrechamente dirigida desde los países centrales. Qué papa hablar contra Venezuela en un mundo inundado de propaganda contra Venezuela. Otra que andar en el caballo del comisario.
Pero cuando la derecha con su campaña de garrote y agitar cucos gane, tampoco va a hacer nada con Venezuela ni va a torcer el rumbo para que Uruguay no se convierta en una Venezuela en la que nunca se iba a convertir, eso son sólo recursos de terrorismo verbal para obtener la adhesión de incautos y obnubilados. Su programa es la restauración neoliberal, la redistribución de la riqueza, pero hacia atrás, para que los que más tienen tengan todavía más y el resto que reviente. Esos fueron los gobiernos de Julio María Sanguinetti y de Luis Alberto Lacalle. Y ese sería el programa del heredero de Lacalle y del propio Sanguinetti, en su mismísima humanidad de hombre conservador, tan auténticamente conservador que para ser candidato lo sacaron de un freezer.