Simultáneamente, le han declarado la guerra al carnaval, temiendo que las murgas les den pa’ que tengan y pa’ que guarden, ignorando que el carnaval es la fiesta más tradicional y popular del país, cuya convocatoria se explica, entre otras cosas, porque su canto es libre e incontrolable, porque la murga dice lo que otros no pueden y reflejan profundamente peripecias del pueblo.
Los dirigentes políticos del gobierno, especialmente algunos, han estado durante años alentando un abismo de odio que a mí, por lo pronto, no me mueve un pelo ni me escandaliza. Porque tengo claro que el odio de clases no es una desviación anecdótica de la derecha, sino un sentimiento puro y constitutivo. Es el odio hacia los que consideran subalternos y, sobre todo, cuando se emancipan o cuestionan sus privilegios: “Es un odio que no conviene olvidar”, como escribió Osvaldo Soriano en su cuento sobre el Mono Gatica.
En la medida que se acerca el referéndum, se exacerba el discurso tenebroso y aparecen algunos reflejos autoritarios y censuradores, muy especialmente en el interior. Pero la campaña fuerte todavía no empezó, y recién comenzará en los primeros de febrero. Va a ser una campaña plagada de cosas raras, en la cual el gobierno va a intentar hasta el último día que lo que esté en discusión sea otra cosa.
Para la oposición, es importantísimo aprovechar los momentos que tenga de encuentro con la gente o con la posibilidad de llegarle a la gente para hacer pedagogía sobre la ley, para explicar lo que dicen los artículos cuestionados y las consecuencias previsibles de su aplicación, en el momento en que la ley quede firme y se empiece a aplicar de verdad y no a medias, como se ha intentado hasta el momento. Pero, además, es importantísimo no caer en las provocaciones de Graciela Bianchi y otros tantos legisladores que permanentemente chapotean en un estercolero intelectual a plena luz del día, sin atisbo de pudor, con el objetivo evidente de pudrirla.