Más allá de que tengo mis enormes dudas de que Carolina Ache haya reflexionado especialmente lo que implica nombrar a ese personaje de Claver-Carone como presidente del BID, lo que parece bastante claro es que sus declaraciones fueron concertadas con el presidente para hacer una desautorización ostentosa de Ernesto Talvi y demostrarle, simultáneamente, que todos y todas, incluyendo a la gente más cercana y de su sector, ya no le daban pelota. Finalmente a Ernesto Talvi lo hicieron renunciar al ministerio en plena cumbre del Mercosur y una hora después de haber presentado su plan estratégico, ya de paso para humillarlo ante sus subalternos y el resto de las cancillerías de la región.
Ya en el llano, Talvi debió soportar cómo su mano derecha, Adrián Peña, aceptaba el convite para ser ministro del nuevo Ministerio de Medio Ambiente, con el apoyo expreso de Julio María Sanguinetti y contra su opinión de designar para esa cartera al “técnico” y su asesor en temas agropecuarios, Eduardo Blasina. Con esa decisión tomada, Peña dio declaraciones a la prensa afirmando que solo aceptaría si Talvi estaba de acuerdo, pero estaba claro que la jugada era irreversible: Peña iría al gabinete y se transformaría en el interlocutor de Lacalle Pou con Ciudadanos y, en rigor, con el Partido Colorado de Sanguinetti, secretario general y jefe efectivo.
Mientras tanto, el gobierno nacional lo “mataba” a Talvi con sueltos editoriales en el diario El País, entre otras observaciones de “analistas” que llegaron a calificar su estilo político de “petiso” y le echaron tierra al punto de afirmar que con su conducción el Partido Colorado solo tenía el destino de precipicio. Desplazado, humillado, sin cartera, sin liderazgo entre sus propios compañeros, a Talvi lo único que le quedaba era la imagen pública, porque se fue del gabinete con la mayor aprobación entre sus pares: con mayor aprobación incluso que el presidente, un presidente que se detiene mucho en esas cosas, tal vez por alguna carencia insondable y no tolera de buen grado que nadie le dispute en popularidad, ni siquiera su secretario, Álvaro Delgado.
Finalmente Talvi, derrotado, se fue. Aunque su carácter irascible y su falta de “boliche” son innegables, en su breve paso por la gestión dejó cosas buenas. En primer lugar, se mostró sinceramente como un cuadro político mucho más sensato y menos a la derecha que el resto de la coalición. Su gestión de la repatriación de compatriotas durante la fase más dura de la pandemia y la atención de los pasajeros del crucero Greg Mortimer lo mostraron como una persona sensible y solidaria en una situación dramática. Tal vez por esas actitudes, la gente de forma muy mayoritaria, incluso los votantes del Frente Amplio, se mostraron satisfechos con su gestión. Demostró, además, como canciller, que no estaba dispuesto a alinearse abiertamente con el gobierno ultraderechista de Donald Trump, muy a diferencia de Lacalle Pou, que no tiene ni siquiera matices con el impresentable presidente estadounidense.
Para Uruguay, la salida de Talvi de la política representa una consolidación del carácter conservador y muy a la derecha de la coalición de gobierno, cada vez más sostenida en tres pilares: Manini, Sanguinetti y Lacalle Pou. De esas tres figuras, la más poderosa institucionalmente es, naturalmente, el presidente, pero por diversos motivos los otros dos son los verdaderos dueños de la pelota y tienen un poder de condicionamiento alucinante con la doble ventaja de tener una pata adentro y una pata afuera.