Al presidente francés, Emmanuel Macron, le cayeron unas cuantas. La última teoría difundida a través de los circuitos de la extrema derecha –herencia de Donald Trump– alega que su esposa, Brigitte Macron, es en realidad un hombre llamado Jean-Michel Trogneux y que luego cambió de sexo y de nombre.
Resulta increíble creer que la gente crea en esas cosas, pero muchos las aceptan con una fe providencial. La misma convicción del crepúsculo de Francia lleva años atormentando a una franja mayoritaria de la sociedad (65%), porcentaje que, si se lo observa según las opciones de voto, es abrumador entre los electores de la derecha: 78% entre quienes votan a la derecha de Los Republicanos, 80% la extrema derecha y 39% de quienes adhieren a la candidatura y al movimiento de Macron, La República en Marcha. Los electores asocian la supuesta decadencia francesa con la inmigración.
En ese amplio hueco de pesadumbres por lo que fue y ya no sería se escurre un candidato como el ultraderechista Zemmour. El portavoz de la nostalgia, del pasado, de la desaparición de Francia, de la sustitución del país por los inmigrados musulmanes y del fin de un pasado grandioso cosechó en tierras labradas por otros sectores de la extrema derecha. Su narrativa electoral es un tango lastimoso que remite obsesivamente a tiempos marchitos.
La sociedad parece encerrada en dos sentimientos: el pesimismo social –toda transformación colectiva del presente es imposible), y el pesimismo cultural –malestar y sensación de ocaso, de pérdida, de dilución.