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La garra del corazón

La declaración de Ciudadano Ilustre de Montevideo a Fernando Cabrera oficia de reconocimiento a una obra musical tan extensa como rica, que ha dejado títulos fundamentales para el cancionero popular y ha demostrado su potencia como articuladora de la trama de sentidos que construyen la experiencia de lo local.

Por R.T.

Uno. Con méritos y merecimientos sobrados, Fernando Cabrera fue reconocido y declarado Ciudadano Ilustre de Montevideo. En el acto oficial, realizado el 22 de noviembre, los amigos, los colegas, los políticos y los allegados desbordaron la Sala Delmira Agustini del Teatro Solís, y los discursos colmaron de elogios hacia la obra y la figura de Cabrera articulados por un tópico central: la íntima conexión de la música del creador con la ciudad.

Tal conexión tiene la fuerza de una evidencia, aunque sus razones no sean tan evidentes y de fácil explicación. Los discursos, los oficiales y públicos, los privados y personales, sólo lo constatan a través de una red de signos que conectan el hecho artístico, a la figura de Cabrera, con lo emotivo y afectivo. Es la recepción y apropiación de una obra de reconocidos méritos artísticos que no necesita trascender de las huellas de la experiencia. La crítica ha hecho lo propio, valorando esta obra como un modelo, un clásico, y urdiendo una red de metáforas para ensayar acercamientos a esas virtudes y a su correlación con el universos de signos que dotan de sentido el espacio habitado y reconocido como propio.

Dos. “El hecho musical evoca y organiza las memorias colectivas y presenta las experiencias del lugar con una intensidad, un poder y una simplicidad no igualadas por ninguna otra actividad social”, escribe Martin Stokes -investigador británico especializado en los campos de la etnomusicología y la antropología- en un libro titulado Ethnicity, Identity and Music. The Musical Construction of Place (Oxford, Berg, 1994), en el que reúne textos de varios autores en torno a esta temática.

Sin mayor esfuerzo interpretativo, este concepto permite dar algunos primeros pasos para entender lo que ocurre con la obra de Fernando Cabrera y la ciudad de Montevideo. Esta conexión, experimentada como esencial, como algo dado, naturalizado, es, en realidad, un fenómeno que se concreta en el dominio de los signos, de los discursos, y por tanto está histórica y socialmente situado. Es, por un lado, el resultado de una historias de correlaciones entre músicas, letras y un espacio -una ciudad- que cada escucha activa ante un nuevo evento musical. Y es, a la vez, el complejo de estrategias desplegadas para actualizar esa historia de saberes a partir de los nuevos elementos explorados (una secuencia armónica no prevista en el estilo, un ensamble de timbres diferentes, algún cambio en los fraseos vocales, por ejemplo). Tal proceso redunda en un crecimiento del estilo -del “estilo cabrera”, en este caso-, y, también como en este caso, profundiza las correlaciones entre la obra y la ciudad.

Tres. En canciones como “Paso Molino”, registrada para el disco El viento en la cara (1984), o la imponente “La casa de al lado”, del disco Fines (1993), por citar sólo dos ejemplos muy conocidos, espacio y ambiente se ensamblan con la música y el texto poético con esa singular potencia que líneas más arriba se planteaba en la cita de Martin Stokes. Pero la virtud de ensamble deviene de una refinada construcción de un ángulo, de una perspectiva sobre lo evocado. Esto es, la construcción de una trama de signos que recortan sólo algunas cualidades del objeto -los ambientes y espacios-, que sirven para su evocación en tanto “estado de cosas”, “estados anímicos”, que esquivan con sabiduría poética la pintoresca descripción y la manipulación emotiva que puede terminar en una frase de postal turística.

En el plano musical, sea en las canciones citadas o en tantas otras, Cabrera le gana la pulseada a lo facilista y obvio. El valseado en “Paso Molino”, la apelación a elementos de la antigua passacaglia en “La casa de al lado”, son transformados, manipulados, hasta lograr otros juegos de referencias, otros mundos sonoros. Es, como en sus textos, la construcción de una lectura sobre estos tipos estilísticos desde una perspectiva contemporánea, situada, y no la cita o mera recreación fijada al museo conservacionista.

Así, el ambiente evocado y la música se engarzan a las formas de construcción dinámica de ese nudo significante llamado “ciudad de Montevideo”, pero alejado del sentido de lo urbano como apilamiento, vértigo o postal tanguera. Méritos y merecimientos suficientes para que esta declaración como Ciudadano Ilustre tenga valor de reconocimiento a la vitalidad de una obra y no como ejercicio de marmolización institucional.

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