¿Por qué debilidad? Es obvio que Lacalle Pou no accedió a otorgar la cadena nacional porque sabe que semejante bache en la estrategia pactada con los medios de ocultar el tema sería el envión final que necesitan las organizaciones sociales para asegurar las firmas que faltan. Por otro lado, demuestra autoconocimiento de las limitaciones de su proyecto y coherencia. Veamos, Lacalle Pou siempre supo que su programa era impopular y democráticamente inviable. Por tanto, para llevarlo adelante necesitaba una estrategia fina, que incluyó mandarlo en una ley de urgencia kilométrica que impidiera el debate público y social del proyecto y convenir con los medios de comunicación un blindaje. Así y todo, las chances de ganar eran pocas. Pero advino la pandemia y eso le otorgó el beneficio de una enorme y obligatoria distracción de la ciudadanía, y un tiempo inesperado de supresión de la actividad social, en especial la opositora. Con la gente pensando en no enfermar, en sobrevivir económicamente, el Parlamento a media máquina, la vida confinada y todo el mundo en otra cosa, mandó una ley de urgencia que en ningún punto abordaba la emergencia sanitaria más grande del siglo. Mientras tanto, las organizaciones sociales y políticas debieron encarar la campaña de recolección en el medio de una sociedad con la movilidad y las interacciones humanas reducidas, con la gente atemorizada por la posibilidad de contagiarse y sin poder hacer actividades públicas, reuniones masivas o una campaña de agitación propiamente dicha.
Ante tales circunstancias de fuerza mayor, de impedimentos objetivos, el gobierno no quiso otorgar una extensión o no contabilización del plazo basado en argumentos de constitucionalidad, como si en Uruguay no se hubiese cambiado hasta la fecha de las elecciones municipales. Así, rápidamente, más allá del amague de algún socio de la coalición, el gobierno dejó claro que todo lo que estuviera en sus manos administrativas para impedir que las firmas se recolectaran lo harían. Insisto, manos administrativas; obstáculos de escritorio, porque desde siempre se propusieron que no se debatiera nada, que el tema no estuviera en los medios de comunicación, que, por supuesto, obedecieron disciplinadamente. Por eso no puede sorprender a nadie que, ahora, Lacalle Pou rechace otorgar la cadena nacional de radio y televisión. No lo hace porque ignore que es un gesto que en nada favorece a la expresión democrática del pueblo, lo hace porque tiene bien claro que es una condición necesaria y estricta para avanzar en su programa en pos de que la gente no sepa, no discuta y que el carro restaurador se mueva en la penumbra.
¿Es posible que, pese a todo, las firmas se reúnan? Sí, lo es. Pero requiere un esfuerzo militante masivo de las organizaciones sociales y del Frente Amplio. Una movilización propia de tiempos de prepandemia. Porque, además, la comisión debe exceder el número requerido legalmente de modo de ponerse a resguardo de invalidaciones que existirán por firmas mal recolectadas. Lo que es seguro es que el resultado de la campaña va a ser fino. Se alcanza por poco o no se alcanza por detalles. El Frente Amplio y las organizaciones sociales tienen una posibilidad estrecha pero cierta de darle un “tatequieto” tremendo al proyecto herrerista, pero incluso si no se alcanzan las firmas, el tamaño de la movilización implicada ha sentado bases que tendrán enormes consecuencias futuras toda vez que se ha consolidado una cercanía fenomenal entre la izquierda social y la izquierda política. El gobierno, por su parte, le tiene un miedo bárbaro a esta proeza social, porque si las firmas se recolectan, el referéndum confirmado va a poner a LUC en el primer plano del debate ciudadano y eso es una garantía de impopularidad cuando no se habrán cumplido ni dos años de su mandato.