Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Editorial

La máquina de invadir

Por Leandro Grille.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

El viernes 3 de enero Donald Trump firmó la orden de ejecución del general Qassem Soleimani, héroe popular de Irán, comandante de las fuerzas Al Quds de los Guardianes de la Revolución y figura clave en el Oriente Medio. El rango oficial, pero sobre todo el prestigio y la influencia de Soleimani en la región convirtieron su asesinato en una afrenta gravísima con el potencial de desencadenar una guerra entre Irán y los Estados Unidos. Millones de personas participaron de las exequias de Soleimani, y el gobierno Iraní respondió arrojando más de una decena de misiles contra dos bases militares estadounidenses emplazadas en Irak, ninguno de los cuales fue alcanzado por las defensas antiaéreas.

 

Pese a su habitual desenfreno en Twitter, el presidente de Estados Unidos esquivó pronunciarse hasta varias horas después, en un mensaje a la nación, rodeado de su corte, en el que simuló que todo estaba bien, aseveró que los ataques no habían tenido consecuencias en vidas humanas y anunció una nueva ronda de sanciones. Por el momento, sin voluntad de responder militarmente la represalia iraní, Trump se dio por satisfecho y detuvo la escalada del conflicto. Mientras tanto, los medios iraníes informaban que los ataques habían producido decenas de bajas entre las tropas invasoras y advirtieron que la venganza no estará completa hasta que Estados Unidos se retire de la región.

 

Todo sugiere que el asesinato de Soleimani tuvo el objetivo de lanzamiento de campaña electoral. Hace muchos años que en los Estados Unidos está claro que las incursiones militares, cuando no la guerra, rinden votos, y muy rara vez un presidente norteamericano se ha privado de promoverlas. Por trágica, no deja de ser un atroz evidencia del carácter mayoritario que puede adquirir el imperialismo en el seno de los imperios. Muchas veces los pueblos bailan al ritmo de la música que imponen los sectores dominantes y, por eso, la política estadounidense está muy relacionada con la criminalidad geopolítica. Ellos invaden y cobran. Matan y cobran. Agreden y cobran. Su economía crece, se sienten “grandes de nuevo”, se jactan de una superioridad que los enorgullece y esa megalomanía excepcionalista involucra a una parte importante de la sociedad estadounidense. Por eso, Trump cree que el magnicidio de Soleimani es la plataforma de su victoria, y el grueso de sus opositores demócratas, salvo Bernie Sanders, se cuidan mucho de ser equilibrados a la hora de pronunciarse.

 

Para la mayoría de los habitantes del mundo, Trump es un sujeto delirante y maligno. Todo en él es grotesco. Su forma mafiosa de gobernar, su prepotencia, su insultante desfachatez para agredir países y comunidades enteras por Twitter, su apego a la humillación como estrategia de diplomacia. Pero Trump es un hombre más y, todo cuanto es, no significa nada en una maquinaria de poder que se mueve por inercia, aceitada por un interés que le precede, que lo rodea y que lo determina. Si el presidente fuera un personaje progresista, delicado, caballeroso y hasta sentimental, como lo era Obama, igual la maquinaria continuaría funcionando y, como ya vimos, el intachable Obama no dudó en dar órdenes de guerra y promover cambios de regímenes, con las consecuencias terribles que ha tenido para los pueblos de esa región del mundo.

 

Hay que comprender que la guerra y el imperialismo no están planteados como un problema moral para los Estados Unidos ni para los países poderosos del mundo, la guerra es siempre un asunto económico. Para el imperio y sus secuaces no entraña un dilema ético matar o no matar, destruir pueblos enteros, patrimonios culturales, asesinar niños o provocar hambre y miseria a cientos de miles de personas. Lo hacen, y lo hacen con frecuencia, porque de ese modo acrecientan la asimetría de poder y de riquezas, y sustentan la distribución desigual de todo. Por estos mismos motivos, no les importa sostener tiranías seculares o confesionales, no les importa nada ninguna declaración de derechos humanos ni ninguna carta de Naciones Unidas. Todo eso no son más que palabras muertas a las que invocarán si sienten que les conviene e ignorarán si lo necesitan.

 

A mí no me causa ninguna gracia la teocracia iraní, aunque no ignoro su popularidad. Pero ante todo, siento un profundo desprecio por el colonialismo y no le creo ni le creeré jamás una palabra al Imperio. Por el bien de la humanidad, ojalá esta escalada haya terminado acá, pero no me cabe la menor duda de que el objetivo expresado por Irán de expulsar a los Estados Unidos y sus más de cien bases militares de Oriente Medio es irreprochable y compartible. Eso es lo que habría que lograr en todo el mudo. Echarlos. Confinar su poder a su territorio. Que aprovechen las inmensas riquezas que han acumulado a sangre y fuego, que aprovechen sus impresionantes capacidades científicas y tecnológicas, la creatividad y el patriotismo de su pueblo para el desarrollo de una vida que quieran vivir. Pero que salgan ya de acá, del mundo pobre, del territorio y los pueblos que conforman la humanidad, porque hacen daño, porque van a destruir la vida sobre la tierra, porque no hacen otra cosa que incubar rencor y muerte. Porque es demasiado. Porque ya ha sido suficiente. El primer enemigo de la humanidad es el imperialismo de los Estados Unidos.