Lacalle Pou tiene una filosofía que ubica la protección directa de la salud de la gente muy por debajo de la marcha de la economía. Es uno más de los políticos que en este mundo anteponen la economía a la salud, pero no la economía en el sentido de proteger los ingresos de la mayoría gente, sino de proteger la rentabilidad de las empresas y de los “malla oro”, como alguna vez tuvo a bien denominarlos. En una expresión extrema de la teoría del derrame, el presidente siempre ha creído que incluso en el contexto de una catástrofe sanitaria, la política trata de favorecer el enriquecimiento de los ricos, única noción de progreso que los neoliberales conciben.
Su gestión de la pandemia ha sido siempre básicamente esa: tomar la menor cantidad de medidas posibles que afecten la economía, si cuadra no tomar ninguna, y sostener el ajuste como estrategia orientadora. Para no exponer el carácter brutal de sus convicciones, se aferró a la libertad “responsable” como consigna convenientemente amplificada por todos los medios de comunicación, como si esto alguna vez se hubiese tratado de una tensión entre libertad y despotismo y no una contradicción mucho más elemental entre la vida y la muerte de gente concreta.
Lacalle se siente cómodo insistiendo en que sus opositores quieren quitarle la libertad a la gente y él es el bastión que lo impide. Logró con éxito ubicar en ese terreno la disputa ideológica. Hay que reconocerlo. Se lo debe a la obsecuencia de los medios, en primer término, y a un excelente trabajo de comunicación de su gobierno que, por supuesto, es más excelente porque los medios están bastante disciplinados. Pero lo cierto es que cada vez que los médicos, los científicos o los opositores le reclaman que haga algo porque la pandemia recrudece, él no lo hace y está seguro de que cobra al contado, de que en el marco de su estrategia obtiene un rédito político.
Por supuesto que las consecuencias de la inacción se pueden medir en muertos, en saturación del sistema de salud, en indicadores que, cuando se analicen con distancia y objetivad, se verá que no son meritorios, porque no hay mérito en que haya habido muertes evitables y una incidencia de la enfermedad que podría haber sido sustancialmente menor. Pero eso son observaciones contrafácticas que algún día escrutará la academia; hoy en la política no significan nada.
Sin embargo, el exceso de pedantería en la ridiculización permanente de todos los que han reclamado medidas de corte sanitario para poner un freno a los contagios, y de corte económico y social, para que la pobreza y y el desamparo no se extendiera tanto, finalmente tiene la virtud de dejar algo claro, quizá todavía no comprendido del todo por todos, pero probado en la madre de las circunstancias dramáticas: cuando tuvo que elegir, no eligió salvar hasta la última de las vidas en juego. Eligió otra cosa, quizá movido por sus convicciones, por las encuestas o por sus intereses, pero no eligió como principio rector proteger la vida y a la gente corriente; ese es un parte aguas, un abismo que nos separa y que perdona nuestro errores y desluce cualquiera de sus aciertos.