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¿Por qué la nueva derecha?

Por Rafael Bayce.

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Caras y Caretas Diario

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El triunfo de Emmanuel Macron, las votaciones y procesos políticos seguidos por la extrema derecha clásica de Marine Le Pen y la nueva izquierda de Jean-Luc Mélenchon proporcionan un panorama sintomático para pensar el nuevo tablero político-partidario en el Occidente capitalista democrático. Estos tipos de fuerza política condensan el futuro inmediato del espectro político-ideológico europeo, muy probablemente con arrastre en el panorama político latinoamericano, como ha ocurrido desde el siglo XVIII en un espacio geográfico teóricamente eurodependiente, más allá de su voluntad independentista. Macron, como Macri, Michel Temer y quizá Angela Merkel, se alinea claramente con los designios de la élite financiera globalizadora y de matriz económica neoliberal. Por otro lado, Donald Trump y Le Pen se alinean probablemente con la reacción nacionalista a la globalización, con algunos resquemores respecto del neoliberalismo. Por último, Mélenchon tiene el mismo estilo de otras nuevas izquierdas europeas que se avizoran como la nueva alternativa (Podemos, Syriza) y se muestran cada vez más distanciadas de las matrices comunista y socialista que les dieron el fondo ideológico a las izquierdas del siglo XX, y cada vez más cercanas a una mezcla de izquierda liberal, socialdemócrata y cierto neoanarquismo vivencial juvenil.   La nueva derecha Hay una mezcla de creencia ideal y de conveniencia material muchas veces indiscernible en las adhesiones políticas y electorales. Es una mezcla complicada, emergente de la tan nefasta tendencia a disfrazar la conveniencia material de santa convicción ideal. Todo esto se resume en la evidencia de que la gente adhiere a aquello en lo que cree y/o cree que le conviene, lo que vuelve más agudo que nunca el dictum de Antonio Gramsci: aquello de que la política es el arte de pasar el interés propio como si fuera de todos, clave para la obtención de la hegemonía simbólica que galvaniza y enmascara las dominaciones concretas y materiales. Ahora bien, esta nueva derecha en realidad sólo puede entenderse a partir de su bifurcación en la nueva realidad político-ideológica, porque si bien esa bifurcación no borra la pertenencia de ambas a una calificación de ‘derecha’ en oposición a lo que podría ser una ‘izquierda’, no es menos cierto que sus ideas y medidas pueden ser altamente divergentes en sus abordajes intranacionales e internacionales respecto del nivel transnacional y sus relalciones con los intra e inter.   Uno: la derecha financiera y neoliberal globalizante. En este rubro incluiríamos a Macron, pero no a Trump, por ejemplo, que puede ser entendido más desde la perspectiva del brexit, como veremos. Hillary Clinton y los demócratas conforman una especie de centroderecha que se alinea mejor con esa derecha financiera neoliberal globalizante que puede ser obscenamente descrita a partir de la trayectoria laboral y académica de Macron. Afiliado al Partido Socialista Francés a los 24 años, graduado en Ciencia Política, posgraduado en la Escuela Nacional de Administración, luego presidente de la banca Rotschild a los 25, ministro de Economía a los 27, fundador del movimiento político En Marche! a los 38, y presidente de la primera potencia militar europea a los 39, lo constituyen en un verdadero enfant terrible: capaz, precoz, confiante, con anchas espaldas cubiertas, y tan políticamente correcto en su trayectoria como para ser uno de los más importantes líderes del capitalismo financiero globalizante neoliberal, fuertemente alineado con Merkel en ese trillo. Los programas de medidas propuestas por Macron y Temer (ver los artículos de Carlos Luppi en la edición de Caras y Caretas del viernes 12 de mayo) son un adecuado resumen del recetario de esta variante globalizadora que impulsa el momento financiero del capitalismo. Sin embargo, y pese a las comunalidades de algunas medidas presentadas por Macron y Temer con las apuntadas por Trump, no se deberían olvidar las importantísimas diferencias entre la racionalidad del apoyo electoral que obtuvo Trump con la racionalidad del capitalismo financiero globalizante de Macron, Temer, Macri y Merkel, entre otros, y que lleva a que Trump proclame o tome medidas que los ortodoxos no tomarían. Veamos las características que hacen que el nuevo presidente estadounidense pueda ser visto como “a caballo” entre la élite financiera a la Macron y el neonacionalismo ultra de Le Pen.   Dos: La nueva derecha antiglobal y ultra en sus paranoias. Los electorados de Trump, Le Pen y otras derechas divergentes de la ortodoxia financiera globalizante (Macron, Macri, Temer, Merkel) tienen un cúmulo de razones que debemos entender como importantes, no desdeñables ni carentes de sustancia digna de atención. En principio, son antiglobalizantes por una razón afectivo-cultural y por una razón de conveniencia económica de corto plazo. La razón afectivo-cultural está en la nostálgica y localista resistencia que diversas comunidades y personas en el mundo han sentido con la descaracterización cultural. Por estas resistencias locales a la translocalización o globalización se ha acuñado un término que describe mejor la situación mundial actual que la ‘globalización’: ‘glocalización’, mezcla de impulso globalizador del capitalismo, en especial del financiero, y de las resistencias culturales y económicas derivadas de los culturalmente ofendidos y de los impedidos de maximización por la voracidad de la élite financiera transnacional y global. Ralph Linton describe parte de las resistencias locales al contacto cultural y a la translocalización como nativismos que pueden ser más bien revivalistas o más bien perpetualistas (racionales o mágicos ambos), tendencias también cultivadas por otro antropólogo, Clifford Geertz en su influyente Local Knowledge. Pues bien, más allá de esas variadas resistencias culturales locales a la globalización (por ejemplo, los parques Disney son un alegato a favor de las small towns), hay una variada gama de productores que se sienten perjudicados y no beneficiados por la globalización. Son tales, por ejemplo, los productores que deben aceptar la competencia de productos extranjeros, debido a las cuotas de intercambio que han resultado de un tratado bilateral o multilateral, de finalidad geopolítica estratégica pero que impide que el mercado nacional interno sea totalmente abastecido por los productores nacionales que muy lógicamente esperaban satisfacer esa enorme demanda interna. Los farmers, agroindustriales y otros productores quieren competir sin desventajas y hasta con ventajas con eso que ven como una invasión foránea de productos que no son mejores ni más baratos que los suyos, pero que compiten con ventaja estratégica para abastecer los mercados. Se suman reclamos sindicales y gremiales por la radicación de fábricas estadounidenses en el exterior, debido a ventajas de precio del suelo, de la mano de obra y fiscales. También las hay por la rebaja del nivel salarial y de las conquistas gremiales que introduce la aceptación de trabajadores inmigrantes, legales o no, que acuerdan menores remuneraciones que los ciudadanos estadounidenses. También se resienten por la contratación de profesionales y funcionarios calificados extranjeros que trabajan por menores remuneraciones que los locales. Y estos perjuicios se suman a las resistencias culturales locales para la crítica a una globalización que no ven repercutir favorablemente en sus bolsillos ni corazones. Entonces, todo el racismo, la xenofobia y el nacionalismo proteccionista que encarnan líderes como Trump y Le Pen no pueden ser asimilados así nomás con la derecha ortodoxa financiera globalizante, porque es muy diversa en sus apoyos políticos concretos. El abroquelamiento cultural local suma a las razones que llevaron a Trump a abandonar el Tratado Transpacífico, a pedirle a la automotriz Ford que abriera sus nuevas fábricas en Estados Unidos, a las restricciones a la inmigración de trabajadores, de profesionales calificados, y a la retórica del muro con México. Si sumamos la paranoia antiterrorista islámica, logramos un paquete de razones que contraría, aun pudiendo ser calificadas de derecha, a la ortodoxia financiera globalizante neoliberal.   Tres: La consecuencia de la globalización. Las naciones poderosas no sólo sienten una más nostálgica resistencia cultural a la translocalización sino que sufren más, en bolsones concretos de trabajadores y productores calificados, las consecuencias de una globalización no siempre vista como conveniente para todos los residentes en países poderosos. La reacción del brexit, así como el voto a Le Pen y a Trump, no deben ser tan claramente asimilables como la misma derecha que Macron. Pueden coincidir en muchas medidas de ‘derecha’, sí, claro; pero expresan una enorme dicotomía que enfrenta a los globalizadores, de interés capitalista financiero, con muchos productores, trabajadores, profesionales, comerciantes, que descansan en otras fuentes de lucro capitalista diverso del financiero. Los personajes nombrados son parte de una apasionante lucha entre el capitalismo financiero y los capitalismos comercial e industrial, complicados por sus afinidades diversas con la globalización cultural o con las resistencias locales a esta. No nos quedó espacio, lector, para ver en qué encrucijada quedan las izquierdas dentro de esta lucha intracapitalista cultural y económica. Pero debe pensarse desde ella, inevitablemente, y no ya desde los esquemones de los siglos XIX y XX.

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