Las medidas tomadas por el gobierno para conjurar el daño a la economía doméstica de la pandemia fueron débiles, tibias, mínimas y, en particular, el Ejecutivo se negó a implementar una renta transitoria y algún tipo de control de precios de los productos de primera necesidad, limitándose a un incremento exiguo y transitorio de las transferencias y a instrumentar una canasta completamente insuficiente para paliar el desastre. Con este panorama que reúne devaluación, medidas proinflacionarias, aumento de impuestos, crisis sanitaria y paralización de la economía, pérdida o suspensión de la fuente laboral y aumento de tarifas, la multiplicación de la pobreza es evidente y, probablemente, seguirá creciendo a un ritmo aterrador durante la emergencia por el coronavirus y, pasada la pandemia, los indicadores de sociales y económicos de Uruguay se habrán deteriorado significativamente sin que el gobierno haya hecho nada de lo que estaba a su alcance para evitarlo.
Sobre la pandemia no se lo puede responsabilizar, porque lo tomó tan de sorpresa como a todo el mundo, pero sobre su obcecación neoliberal y su reticencia a incurrir en gastos sociales adicionales, incluso ante esta catástrofe, vaya que sí.
Ahora bien, los gobiernos de derecha siempre producen pobreza y una transferencia neta de ingresos y riqueza a los sectores económicos poderosos, con pandemia o sin pandemia. Es habitual y es previsible; por eso son de derecha. Porque representan los intereses del capital y no de la multitud de los trabajadores. En la política, la realidad objetiva es un dato, pero la interpretación social de la realidad es un dato todavía más influyente. Para sostener un proyecto político y económico que maximiza la exclusión, este y todos los gobiernos de derecha necesitan construir un relato convincente que justifique las catástrofes y fundamente las medidas catastróficas que adoptan. En consecuencia, la suerte de su estrategia no se dirime en la evolución de variables como la pobreza, la inclusión o el empleo, sino en lograr un consenso social amplio que los exima de responsabilidad sobre el descalabro y los aliente a incurrir en una política cada vez más concentradora, privatista y punitiva; esta última es la única pata del Estado que les interesa fortalecer. La tríada conceptual que los define es apropiarse de la riqueza colectiva, proteger la propiedad a sangre y fuego y socializar las pérdidas.
Por cierto que no es fácil engañar a un pueblo que diariamente observa cómo pierde capacidad de consumo y se deteriora su calidad de vida. No es fácil hacerlo ni siquiera en el medio de una pandemia que funciona como chivo expiatorio o excusa perfecta para justificar lo que sucede en todo lo que tiene que ver, pero también en todo lo que no; para imponer un relato dominante, la derecha necesita del control total de información y de los medios de comunicación masivos. Necesita de la adhesión militante y fanática de los medios como al agua y el aire. Necesita un blindaje que opere sin fisuras, que amplifique su discurso y suprima el de su adversario, que los ensalce, al tiempo que denostan las ideas de sus opositores. Pero como los ejemplos mundiales y regionales demuestran, todo eso tampoco es suficiente, por lo que más temprano o más tarde comenzará la persecución, política y judicial.
Lo que estamos viviendo es dramático. Pero lo que viene es peor. El único lenguaje que entiende la derecha es la lucha, pero la lucha en un contexto de semejante hostilidad no puede ser el ansia ni la irracionalidad, requiere inteligencia, claridad, paciencia y masa, porque cuando gobierna la derecha, no gobierna un partido ni una coalición, gobierna el poder.