Con la desmesura de su juego alcanzó la desmesura de la popularidad y la utilizó desde el principio como una herramienta de combate. Maradona fue un político en sentido hondo, un militante permanente. No hubo causa humana que no lo convocara y siempre compareció del lado de los pobres. Jamás, en todo el trayecto de su vida, se ubicó en la trinchera equivocada y no puede caber la menor duda de que lo tentaron mil veces para que saltara el pórtico y se alejara de los suyos. El presidente de Francia publicó una pieza de despedida muy bonita, bien escrita, en muchos sentidos inesperada, pero en la que desliza, como contrapeso a su excelencia de jugador, que las visitas de Maradona a Fidel y a Chávez tienen el “sabor amargo de la derrota”, porque “es en la cancha donde Diego hizo la revolución”. La frase no puede ser parte de un homenaje porque lo desconoce, contraría la sustancia humana de la persona: la amistad de Maradona con Fidel y con otros líderes revolucionarios de América Latina nunca constituyó para él una “amarga derrota” y Maradona nunca fue tan obtuso de considerar que la “revolución”, ese cataclismo histórico que dé vuelta la tortilla y cambie la vida de los pobres, pudiese suceder en un campo de juego.
Ha muerto Maradona, un jugador de fútbol incomparable, un tipo emocionante, un hombre venerado por cuarenta millones de argentinos, y más amado allí donde más se sufre. Ha muerto el jugador que mejor representó a los jugadores, los trabajadores del fútbol, contra la FIFA, que era en esos tiempos la patronal. Ha muerto un campeón mundial y no cualquiera, el más impresionante. Murió cronológicamente joven, pero su vida fue tan intensa que es difícil decir que murió antes de tiempo. A los que lo vimos jugar nos quedará el recuerdo de su genialidad para siempre. Pero es al pueblo humilde de Argentina, el que conoció la alegría al verlo gambetear, cuando la vida era una mierda, al que lo vio hacer aquellos dos goles contra Inglaterra, después de la guerra, que fue un agravio, un robo y una masacre, al que hay que dedicarle el pensamiento y rendirle tributo: porque ese pueblo hermoso y sufrido, de millones y millones siempre condenados a perder, le debe la victoria que no olvidaron ni olvidarán jamás, y es por eso que hoy llevan lágrimas en los ojos y el corazón en la mano.