Históricamente, las terceras vías siempre fueron un modo de acomodarse al polo del que sus proponentes se sentían más próximos. Esta cercanía era muchas veces genuina, pero a menudo resultaba del cruce de imposiciones. León XIII estaba más cerca del capitalismo porque los socialistas eran ateos o agnósticos; los socialdemócratas alemanes ya habían mostrado su vocación nacionalista, opuesta al internacionalismo revolucionario, votando en 1914 a favor de los créditos para la guerra donde estalló la división en el movimiento obrero alemán (y luego europeo) entre partidos comunistas y partidos socialistas; los Países No Alineados se vieron obligados a refugiarse en el polo que dominaba en su zona de influencia, con la excepción de Cuba, que aceptó, más por necesidad que por elección, al bloque soviético mientras éste existió.
El laborismo inglés y todos los partidos socialistas europeos que le siguieron habían abandonado hacía mucho tiempo cualquier idea socialista democrática y habían adoptado políticas de adaptación a las exigencias del capitalismo nacional y global. Y el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) había rechazado la lectura marxista de la sociedad en el Congreso de Bad Godesberg en 1969.
A la luz de esta historia, la reciente tercera vía brasileña no ofrece sorpresas. Se basa en una polarización que es falsa o distorsionada. Es falsa en la medida en que Bolsonaro, a la vista de todo lo que hizo y dijo, y de las conclusiones de la CPI (Comisión Parlamentaria de Investigación), no es un candidato viable o, si es viable, no es mínimamente creíble; y en este caso la tercera vía pretendida por la derecha es de hecho una segunda vía disfrazada de tercera. Está distorsionada porque, por un lado, si es cierto que Bolsonaro representa una extrema derecha desquiciada, gran parte de su agenda político-económica corresponde a la agenda de la derecha y, por tanto, esta, al impulsar una tercera vía, está buscando un bolsonarismo sin Bolsonaro. Por otro lado, está distorsionada porque Lula da Silva no es ni nunca fue de extrema izquierda y, en el pasado, se articuló a menudo con la derecha por pensar (erróneamente, en mi opinión) que en Brasil hay una derecha capaz de poner la defensa de la democracia por encima de la defensa de sus intereses cuando están real o imaginariamente amenazados.