Es evidente que mucha gente ha bajado la guardia. Si no debía esperarse otra cosa de una campaña chauvinista de la excepcionalidad de los uruguayos acompañada con una secuencia de datos alentadores, aunque misteriosos, y cuya construcción se desconoce, menos podía esperarse de una carrera de fondo voluntaria, sin apoyo real. La gente aguantó lo que pudo y bien que aguantó bastante, sin poder trabajar y sin un mango en el bolsillo. Ahora en la calle hay más gente, las corporaciones empresariales presionan por restaurar la normalidad y el gobierno da zancadas en esa dirección, aun cuando sabe que el virus circula en la comunidad y sabe, si creyera en sus propios datos, que bastaría una cuarentena estricta para erradicarlo.
Nos gobierna una derecha ignorante, mal asesorada y mal intencionada, que en el medio de una crisis sanitaria monumental no ha hesitado en montar campañas de desprestigio de la izquierda y los movimientos populares, a la vez que va fabricando la culpa social de lo que pueda acontecer. Si el virus avanza, será porque la gente no hizo suficiente caso a la exhortación; si la pandemia nos pasa por arriba, será porque el gobierno de Tabaré no tomó las medidas necesarias, cuando en el mundo nadie tenía ni idea de lo que se venía. Siempre habrá alguien para echarle la culpa y siempre estará la culpa en el terreno de los otros, la izquierda, los sindicatos, las ollas populares, los cientos de miles de uruguayos que viven al día.
La pobreza crece exponencialmente como las epidemias en las comunidades susceptibles. Se replica: uno, dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro. La carestía se expande y arrastra, se contagia: los que pierden sus ingresos dejan de comprar y los que venden dejan de vender. Todos van cayendo en cascada, se multiplican los que no tienen nada. Se amontonan despidos y seguros de paro. La pobreza es una enfermedad infecciosa -de las pesadas- que converge en el hambre. Para captar el hambre no se necesita ningún sofisticado test molecular de PCR, basta recorrer las ollas populares que brotan en los barrios: el hambre crece a la velocidad de la exhortación.
Y el virus sigue allí, medio escondido, agazapado en los mocos de los cristianos, esperando su turno para dar el zarpazo que nos devuelva al mundo de la realidad.