Pasé varias tardes en la Biblioteca Nacional buscando las páginas que no pude leer cuando sucedió lo de Vilda. Revisé las noticias policiales de los años 1977 y 1978. Varias cosas me sorprendieron y desviaron mis pesquisas. Las noticias referidas a la represión de la dictadura, tal como las recordaba, con la jerga de requeridos, sediciosos, comunistas, allanamientos, fuerzas conjuntas y justicia militar, eran repetitivas y no tenían mayor dramatismo. Pero había también otras noticias de muertes más o menos recurrentes y de algún modo burocráticas y naturalizadas: cuerpos arrollados por trenes, supongo en su mayoría de suicidas, aparecían cada pocos días, y era también cotidiana la cobertura de accidentes laborales en fábricas. Esto último, lo de los accidentes de trabajo, me llevó a un detalle que tenía que ver con el padre de Vilda. Le faltaba una mano. Esa extrañeza era motivo de perturbación para mis hermanas y para mí («ver su muñón, sin ninguna prótesis, en su mano izquierda, nos impresionaba», relata Adriana). Había tenido un accidente laboral en una fábrica de plásticos. Esa perturbación me hizo temer, en esos años, que mi padre tuviera un accidente en la carpintería. La máquina más peligrosa y traicionera era la garlopa. Más que la sierra. Yo les tenía terror, seguramente vinculado y potenciado con lo que había pasado en la familia de Vilda. Siempre relacioné el muñón con la tragedia acaso inevitable.
Los textos que salieron en los diarios sobre la muerte de Vilda y de su madre no agregan nada a lo que recuerda con precisión mi hermana Adriana. Lo que llama la atención es el tratamiento piadoso que los periodistas le asignaron a la decisión de la madre. Pero para nosotros, niños de los años 70, esa bala siempre la llevaremos adentro. Aunque no hayamos sentido la detonación.
Un poco diferente fue lo que pasó unos años antes, cuando el tiroteo en la puerta de la escuela de la calle Abacú. Adriana y Andrea, y supongo que también Vilda, se tiraron al piso, como ordenaron sus maestras, y tuvieron que correr al salón de actos. Toda la escuela estuvo metida ahí por un largo rato, repleta de maestras, niñas y niños aterrorizados por las ráfagas de metralla cruzada entre la guardia del comandante en jefe (la casa de al lado de la escuela) y soldados que habían montado un operativo sorpresa en la manzana de la escuela. Un error que pudo ser fatal. Lo escuché todo desde mi casa, y escuché también a mi tío que salió corriendo para la escuela, gritando «es en la escuela, es en la escuela». Yo tenía tres años.
Acabo de leer en un libro sobre algo que pasó en otra escuela de Montevideo, también en el año 1972, en la Experimental de Malvín. Se sintió una balacera terrible que duró largos minutos. A pocas cuadras, en la calle Amazonas, la Policía entraba a una casa de familia y asesinaba a sangre fría a Luis Martirena y a su esposa, Ivette. Fue una masacre. Buscaban sangre tupamara para vengar la muerte de cuatro integrantes del Escuadrón de la Muerte, horas antes, en acciones del MLN. La versión policial de un enfrentamiento es insostenible. Los mataron sin piedad. Pero en esa casa estaban escondidos, en un berretín, y pudieron salvar sus vidas, dos miembros de la dirección del MLN. Tampoco es fiel el relato oficial tupamaro, refrendado por Huidobro (uno de los sobrevivientes). No hubo épica. No hubo héroes. Ya lo había contado Ernesto González Bermejo en Las manos en el fuego, de acuerdo al testimonio de Cámpora (el otro sobreviviente). Los salvó la presencia de un juez. Los que no se salvaron fueron Ivette y Luis, que nunca tuvieron un arma en sus manos, y esas muertes fueron más que dolorosas para sus dos hijas. La menor de ellas, de 9 años, tiene la balacera en la cabeza. Sintió desde la escuela cómo mataban a sus padres. Eso es irreparable. Y ahí no hay versiones. Hay una sola y trágica verdad.