Así emerge un conflicto entre la realidad verificada y la medición. Un conflicto en tiempo real porque la encuesta sale después que ya están las firmas y simplemente las contradice. Y como la realidad de los hechos prevalece sobre cualquier técnica de sondeo estadístico, solo cabe decir que la encuesta es una pavada, un dibujo.
No siempre se puede probar así, tan radicalmente, que nos están dibujando lo que piensa la ciudadanía. Habitualmente, solo es posible hacerlo cuando una instancia electoral las pasa por arriba y deja claro todas las operaciones de propaganda a las que estamos sometidos. Pero ahora cambió todo, cambió el clima político y se abre un nuevo escenario. Ya cualquier observador medianamente informado sabe que la tan mentada popularidad exorbitante del gobierno es una construcción publicitaria. Si el gobierno fuera el más popular de la historia, como nos quieren convencer, las firmas no se habrían alcanzado y mucho menos en tal magnitud de exceso, en tan poco tiempo y en las condiciones tan hostiles que impuso la pandemia. Pero el gobierno ya se jugó hace rato a la estrategia de gobernar sobre un colchón ilusorio de aceptación pública, por lo que es muy probable que sigan presentando al presidente como el rey de la aprobación ciudadana.
Para la izquierda comienza una etapa completamente nueva, de ofensiva, en la que deberá explicar a la ciudadanía los motivos para oponerse a la ley de urgencia, pero sin perder de vista que una elección de medio término se juega también en el ánimo general sobre las políticas del gobierno, las comprendidas en la LUC, pero también las otras, fundamentalmente las que hacen al desempeño de la economía de la gente corriente. En los próximo meses, el debate tiene que ser abarcativo sobre el modelo que se está impulsando, porque no solo es un modelo que construye pobreza, que debilita al Estado y las políticas públicas, es un modelo que no le conviene a Uruguay y que no cuenta con respaldo social real, apenas cuenta con aparatos de propaganda.
Pero para el gobierno de Lacalle Pou también se abre una nueva etapa, en la que debería considerar un cambio de actitud. Porque ha estado gobernando con soberbia, solo de toda soledad, sin escuchar a los opositores, pero sin propiciar diálogos ni acuerdo ya no con el Frente Amplio, con nadie, ni siquiera con sus socios de la coalición. Es un gobierno encerrado en un microclima, pleno de autoindulgencia, que desconoce que por debajo de los aplausos de las encuestadora hay otro país, donde los números no le dan.
Lacalle Pou tiene, finalmente, dos opciones: o abre el juego buscando acuerdos, escuchando lo que tienen para decirle los que no le llevan sus ideas neoliberales o se emperra en un camino de restauración noventista acelerado ignorando las firmas recolectadas y el muy probable enterramiento de buena parte de su programa de gobierno el próximo mes de marzo, cuando la ciudadanía sea convocada a las urnas a pronunciarse sobre 135 artículos la Ley de Urgente Consideración que promulgó en julio del año pasado.
El presidente tiene, por el momento, los votos en el Parlamento para hacer lo que quiera, pero no está nada claro que tenga los votos entre la gente. El referéndum va a ser aleccionante para el presidente y para todos: en Uruguay no se puede hacer cualquier cosa y de cualquier manera, porque si te vas de mambo, en seis meses la oposición te pone contra las cuerdas sin ninguna necesidad de disturbios, escándalos ni estallidos violentos: le basta salir con lapiceras y almohadillas para poner las cosas en su lugar, para obligar a barajar y dar de nuevo.