El gobierno defiende esta opción con pragmatismo: hay una cumbre que alojar, y Belém tiene más de 2.500 habitaciones moteleras listas para adaptarse. La posibilidad de un motel de amor como alojamiento no es fea ni está mal. Es parte de la solución, afirmó André Godinho, representante local en la planificación de la COP.
Un poco caro
Los precios también se convirtieron en un escándalo climático. Algunas habitaciones superan los 1.000 dólares por noche, y hay denuncias de tarifas de hasta 15.000. Las delegaciones de países en desarrollo, que suelen liderar los reclamos por justicia climática, advirtieron que el costo del hospedaje podría dejar afuera a quienes más sufren los efectos del cambio climático.
En respuesta, el gobierno brasileño cerró acuerdos con dos cruceros para ofrecer 6.000 camas a precios reducidos, priorizando a las delegaciones más vulnerables. También lanzó una plataforma de reservas centralizadas que intenta distribuir equitativamente las opciones disponibles.
Sin embargo la tensión sigue: a menos de cuatro meses de la cumbre, muchas obras aún no están terminadas y la infraestructura hotelera —a pesar de las reformas y anuncios— está lejos de satisfacer la demanda. Las imágenes de diplomáticos y activistas en camas redondas con espejos en el techo recorren el imaginario colectivo.
Belém, una decisión política
La elección de Belém fue presentada como una declaración política: llevar la discusión climática al corazón de la Amazonía. Sin embargo, la ejecución ha resultado, cuanto menos, contradictoria. La construcción de la autopista “Avenida Liberdade”, destinada a conectar la ciudad con nuevas zonas de hospedaje, implicó la tala de áreas protegidas de selva amazónica.
Aunque el gobierno de Pará asegura que se trata de un proyecto preexistente y ajeno a la organización de la COP30, el impacto ambiental es innegable. La paradoja no ha pasado desapercibida: se deforesta para organizar una cumbre que, en teoría, busca frenar la deforestación.
Los moteles, por su parte, tienen su propia historia simbólica. Surgieron durante la dictadura brasileña en los años 60 como espacios de privacidad frente a la vigilancia estatal. Hoy, reemergen como alojamiento transitorio para los responsables de discutir el futuro ambiental del planeta.