“Me conecté a la NASA y me descargué todo. Soy un poco friki… generé una simulación bastante real, como si trabajara desde dentro”, relató en diálogo con el medio español ABC.
El proyecto combina principios de economía circular con el uso de inteligencia artificial, aplicados al manejo de polvo lunar, plásticos y compuestos.
Más allá del dinero
Pese a la magnitud del reconocimiento, la ingeniera asegura que desconocía la restricción. “Nadie me lo advirtió. Me enteré de que no podía recibir el premio cuando ya me habían comunicado que era ganadora. Fui la única de los seis premiados que quedó fuera del pago”, explicó con resignación.
Aun así, destaca el valor simbólico de lo conseguido: “Ya demostré a mis hijos que puedo hacerlo. Ahora quiero mostrar al mundo mi mejor versión”.
Puerta sostiene que el verdadero triunfo no fue el millón de dólares, sino haber demostrado que una mujer sola, sin un equipo detrás ni grandes recursos, puede liderar innovación espacial de nivel internacional.
“Mi objetivo es que Esperanza sirva como inspiración y motor de un ecosistema de ciencia disruptiva desde lo local, con impacto global”, afirma.
Lejos de detenerse, ya planea participar en la segunda fase del concurso de la NASA, donde se evaluarán prototipos funcionales. “El reconocimiento es más valioso”, asegura.