Atienza nos dijo, en oportunidad de recibir un título Honoris Causa en la Universidad de la República, que no podía dejar de sorprenderse por esa fantástica omisión. Agregó que la obra de Vaz Ferreira la vino a conocer en Buenos Aires y no en Montevideo, y se encargó de recalcar el hecho una y otra vez en su discurso, frente a una multitud compuesta de docentes, estudiantes, profesionales y simples ciudadanos de a pie, unos vagamente indignados, otros curiosos o francamente incómodos, que no dejaban de rascarse el cuello y mirar para otro lado. Es que el asunto del buen pensar, del buen razonar y del buen sentir sigue siendo una asignatura pendiente para los seres humanos, hoy como ayer y en cualquier ámbito, y esto ha quedado en evidencia –en una evidencia casi impúdica, me atrevería a decir– desde que nacieron y se desarrollaron los sitios de comunicación virtual en internet.
Todos estamos de acuerdo, creo, en que abundan los comentarios tóxicos en la red, y eso se debe en buena medida al pecado original de la liviandad y el apresuramiento que adoptamos a la hora de enfrentarnos a un texto. Creo, además, que casi todos compartimos ese sentimiento de rechazo o de malestar, aunque en honor a la verdad y a la decencia debería agregar que casi todos somos coautores de esa toxicidad, porque de algún lado tiene que salir.
Se podría argüir que el ser humano necesita desahogarse desde que el mundo es mundo; que tiene la urgencia existencial de echar afuera los estigmas y los rencores, los padecimientos y las angustias, y que hoy por hoy se le presenta la oportunidad de hacerlo a través de ese pequeño gran poder que le otorga un rectángulo blanco: el espacio destinado a los comentarios. Pero esto de los comentarios tóxicos, es decir, todas aquellas frases preñadas de desprecio, de burla o de sarcasmo, de minimización y de estigma –de violencia más o menos diminuta, pero violencia al fin–, podría ser visto como un asunto banal, si no fuera porque la violencia era, es y seguirá siendo mala, cualquiera sea el ropaje con que se cubra. En el fondo, toda la cuestión gira en torno a la ética, es decir, a ese escurridizo concepto sobre lo correcto y lo incorrecto, sobre lo justo y lo injusto, sobre el bien (el bien común y el individual), sobre el mal y también sobre las diversas actitudes y herramientas que usamos para afirmarlo o para eludirlo.
El comentario tóxico no da razones ni fundamentos, ni responde a una lectura de aquello que ataca. Por el contrario: toda su estructura radica en el objetivo de desacomodar al interlocutor y demostrar que, precisamente, no se ha tomado la molestia de leer. El comentario tóxico contribuye a destruir ese pequeño tesoro concedido sólo a los seres humanos, que se llama lenguaje y que permite el diálogo o intercambio de ideas, cuya base más elemental es una mínima predisposición a escuchar, por lo menos, al otro.
Pero, ¿cómo contribuir de una manera inteligente, pacífica y eficaz a la erradicación o a la reducción de esa actitud? Una de las respuestas posibles la está dando una empresa de medios públicos de Noruega, de siglas NRK, que introdujo en su sitio web una estrategia innovadora para que la gente opine. Si alguien quiere comentar un texto cualquiera, primero deberá probar que ha leído aquello sobre lo que se propone opinar. Para eso tiene que responder un cuestionario de opción múltiple, que no le insume más de diez segundos. Pero esos diez segundos alcanzan y sobran para que el potencial comentarista tenga que enfrentarse, no tanto al texto en cuestión, sino a sí mismo, a sus propias expectativas, intenciones, comprensiones, cargas emocionales y desafíos éticos.
La comunicación entre los seres humanos siempre ha sido un asunto arduo, eso ya se sabe. Por algo entre los griegos existían escuelas de retórica y por algo Platón y Aristóteles se rompieron la cabeza tratando de inducir a los ciudadanos a pensar tomando como norte y guía la razón y la verdad. Sobre eso mucho tuvo para decir el uruguayo Vaz Ferreira; habló, por ejemplo, del mayor malentendido que suele enrarecer cualquier debate, denominado falacia de falsa oposición, esto es, tomar por contradictorio lo que no lo es. En ese ejercicio de falsa oposición, “se gasta en pura pérdida la mayor parte del trabajo pensante de la humanidad”.
En este mundo desbordante de medios de comunicación, saturado e incluso enfermo de ellos, no leemos nada o casi nada a la hora de emitir un juicio. Me refiero a leer en serio, letra a letra y palabra a palabra, un documento cualquiera, una página de opinión, un artículo, un ensayo o un fragmento de un libro. Ya no se trata de realizar comentarios de variado calibre, que oscilan entre el disparate y la ofensa, sino más bien de poder distinguir, en palabras de nuestro filósofo, que “en la comunicación verbal, una cosa es el valor o el alcance lógico de lo que se dice, y otra el efecto psicológico que se produce”, y esa distinción mínima puede cambiarlo todo en el espectro de la razón y de la sinrazón, porque de lo contrario, queda “el espíritu confundido y dañado, acostumbrado a la vaguedad”.
Lo que ha introducido en internet la empresa noruega es un paso en contra de la incertidumbre y a favor de la racionalidad. Pero también consiste en buscar esa cosa que la poeta Esther de Cáceres, uruguaya ella también, llamó heroísmo de la comunicación: ese hablar “renunciando a todo lo que no sea la honrada expresión desnuda de un pensamiento; renunciando a todo lo que no sea este generoso dialogar con los interlocutores, con los que se establece así, súbitamente, una comunicación inolvidable”. Ustedes dirán que no es para tanto; pero seguramente Vaz Ferreira les contestaría que, en el fondo, de eso se trata.