Según los días, cambian de santo, aunque Iemanjá, siempre. Por los aledaños de la playa del Buceo y sobre la arena, o junto a las rocas, no bajan de una docena. Se ve que sus dioses tienen buen diente. Pero lo que les llevan queda ahí. La ofrenda se eleva espiritualmente.
Ahora a los despachantes les importa un bledo que a la mañana siguiente vayan los niños, nietos, hijos, con los padres o la abuela, a escarbar con una palita, cargar un balde de agua, hacer pozos, jugar a la pelota. Las gallinas, ahí, para mayor gloria de una respetabilísima religión, cuyos sacerdotes no respetan a los niños. Niños de todo pelo y creencias tienen que esquivar las gallinas que por las noches mordieron las ratas, que alguna sigue por ahí, las gaviotas picoteándole los ojos, algún perro que se prende al cogote degollado, y culadas de pájaros que le dan al pop, acaramelado.
Y aquí, veredeando con el Negro Pamento, nos preguntamos por qué la autoridad no le dona a cada pastor de gallinas una docena de huevos; que traigan gallinas, eso sí, pero en estado de huevos duros. No hieden tanto.
También nos preguntamos con el Negro por qué son tan segregacionistas con los que no comulgamos con sus creencias. Son discriminadores: discriminan a todos los que no dejan despacho con solicitudes, que nunca son para los discriminados, son sólo para ellos, todo para ellos. Novia, dinero, salud, sólo para los despachantes del emplumado.
¿No habrá una ONG que nos defienda? Que corte una calle, que despliegue una pancarta: “No más gallinas muertas en la playa”, que encienda un coro: “Playa sí, gallinas no”. “Estamos contra la discriminación religiosa”.
Es ahí que Pamento da línea:
–Mirá, botija, si te multan un soretito de perro, ¿por qué no fajan al degollador de la colorada?