Cuando Lacalle Pou dice que no va a subir impuestos, algo que afirmó durante la campaña, y que el ajuste se va a hacer apelando a la reducción de gasto público, en primer lugar se aparta de la verdad, porque ya subió los impuestos en los primeros días de gobierno; en segundo lugar, parece ignorar que la reducción de salario real es una tremenda metida de mano en el bolsillo de los orientales y, en tercer lugar, no explicita el carácter regresivo de su diseño del ajuste: si no se aumentan los tributos de los que pueden tributar y, en particular, de los peces gordos de la economía y, a la vez, se achica el gasto público que se vuelca sobre el conjunto de la sociedad, entonces se está beneficiando directamente a los que tienen más y se está perjudicando directamente a los que tienen menos. Eso convierte su método de ajuste en un hecho que rezuma ideología por todos lados: no le aumentamos impuestos al patrimonio, por ejemplo, o a las rentas altas y, sin embargo, nos ponemos a discutir si es un exceso el dinero que se usa en alimentación escolar, políticas sociales, el Instituto de Empleo y Formación Profesional o la enseñanza pública.
Recién el lunes conoceremos los números definitivos de este severo ajuste de las cuentas públicas, pero es un hecho que vamos hacia un país de sueldos más bajos, mayor desempleo y mayor pobreza. Si una parte podía comprenderse por la pandemia, el grueso de este panorama es la consecuencia de la aplicación de un programa que, grosso modo, ya conocíamos por sus antecedentes y por la intensa campaña electoral. No puede haber sorprendido a nadie. No obstante, el resultado que el gobierno espera de este programa, o el que dice esperar, de reducción del déficit, crecimiento, desendeudamiento, creación de empleo y disminución de la pobreza para final del período, va a fracasar en toda la línea y ese fracaso sí sorprenderá a los que creyeron que esta combinación de ajuste, devaluación y salarios bajos podía funcionar como remedio para los 15 años de progresismo, aunque jamás haya funcionado en ningún sitio, y sí deberá ser discutido, evaluado y juzgado por toda la sociedad durante lo que resta del período. En esa reflexión social se tendrá que construir la derrota política definitiva de esta ideología de la exclusión, para que nunca más suceda que una buena campaña publicitaria prometiéndote el oro y el moro y los mejores cinco años de tu vida termine en un desastre social y haciéndonos vivir un lustro de suplicios.