La tercera reunión de la élite partidaria tuvo lugar la semana pasada cuando, bajo estrictas medidas sanitarias y a puertas cerradas en un hotel en Beijing, durante cuatro días los 197 miembros titulares y 151 suplentes del Comité Central celebraron su VI sesión plenaria para discutir y aprobar la “Resolución sobre los importantes éxitos y las experiencias históricas del partido en su centenaria lucha” y la “Resolución sobre la convocatoria del XX Congreso Nacional del Partido”, que tendrá lugar en el segundo semestre del año próximo.
Los 100 años de existencia del partido han sido “la época más magnífica en la historia de la nación china en miles de años” y China ha obtenido “logros históricos y se ha sometido a una transformación histórica”, afirma la resolución aprobada. Primero con Mao, luego con Deng y ahora con la conducción de Xi, el país ha conseguido “la inmensa transformación de ponerse en pie, hacerse próspera y convertirse en una nación fuerte”, sostiene el comunicado, el primer resumen oficial del pleno.
Según los comunistas chinos, bajo el liderazgo de Xi Jinping, secretario general del partido, jefe de Estado y presidente de la Comisión Militar Central, China ha obtenido “logros históricos y se ha sometido a una transformación histórica”.
De ahora en más, la historia oficial del partido más grande y más longevo en el poder del mundo es que Mao logró devolverle la dignidad y su integridad como nación después del siglo de humillación a manos de las potencias occidentales; Deng la trasformó en una potencia económica planetaria después de siglos de pobreza; y Xi, logró hacerla «una sociedad moderadamente próspera en todos los aspectos” y encaminarla hacia una “nación socialista moderna” para 2035 y en una gran potencia “fuerte” y “próspera” para 2049, cuando la República Popular cumplirá su primer centenario.
“El Comité Central llama a todo el partido, todo el ejército y a la gente de todos los grupos étnicos a unirse alrededor del Comité Central con el camarada Xi Jinping como su núcleo, para poner en marcha la nueva era de socialismo con características chinas”, subraya el documento partidario. “Estamos firmemente convencidos de que el Partido Comunista de China y el pueblo chino, conquistadores de grandes victorias y honores en los pasados cien años, conquistarán en esta nueva era y en esta nueva expedición victorias y honores aún mayores”, finaliza el comunicado, de 13 páginas.
“Al apoyar y defender con firmeza la posición central del secretario general Xi, todo el partido tendrá un ancla, el pueblo chino tendrá una columna vertebral y el gigantesco barco del ‘rejuvenecimiento’ de la nación china tendrá un timonel con lo que hacer frente a cualquier tormenta”, dijo Jiang Jinquan, director de la Oficina de Investigación Política del Comité Central durante la presentación de conclusiones del pleno.
Los principales medios periodísticos occidentales le reservaron sus titulares al cónclave comunista y abundaron en editoriales y reportajes a políticos y académicos. La abrumadora mayoría de las noticias y opiniones se limitaron a analizar (y criticar) la concentración de poder en la persona de Xi Jinping a quien se lo acusa de promover un desmedido culto a la personalidad, una segunda revolución cultural y de preparar el terreno para que el próximo congreso comunista le garantice, a diferencia de los anteriores, la continuidad sine die al frente del país y del partido.
Para fundamentar su tesis, los analistas y observadores se detuvieron en consideraciones que van desde que ninguno de los secretarios generales anteriores, Hu Jintao y Jiang Zemin, pudieron impulsar resoluciones partidarias de este tenor y mucho menos perpetuarse en el poder por tiempo indefinido, hasta el hecho que el nombre de Xi Jinping es mencionado en 17 ocasiones en el documento final, mientras que Mao, el fundador de la República Popular, siete; Deng Xiaoping, el hombre que sentó las bases para la modernización del país, cinco. Y Jiang Zemin y Hu Jintao, una sola vez.
Es evidente que la resolución hace de Xi Jinping el heredero legítimo de los otros dos grandes líderes chinos del último siglo, pero mucho más que eso, el documento es una reafirmación de la continuidad en la línea del partido y de su rol protagónico en la construcción del socialismo. Solo así se entiende que “Partido Comunista” se mencione 90 veces y la palabra “socialismo”, 37.
Análisis de este tipo, además de una evidente intencionalidad política, reflejan, una vez más, la incapacidad manifiesta de Occidente para interpretar los acontecimientos políticos, económicos y sociales del gigante asiático y un desconocimiento (muchas veces fingido) del Partido Comunista Chino, que se le sigue viendo como una copia del Partido Comunista de la Unión Soviética, ignorando sus éxitos extraordinarios para transformar a China y su influencia decisiva en la esfera planetaria.
Desde hace siglos Occidente piensa que la historia está de su lado y que el futuro -sobre todo
con el fin de la Guerra Fría y la implosión de la Unión Soviética- sería y debería ser a su imagen y semejanza, y que sus propios modelos de democracia, concepto de libertad y derechos humanos, sistema de partidos y formas de participación popular, son valores universales, eternos y aplicables a todos los países sin que importen sus tradiciones, su cultura, su estado de desarrollo.
En el caso de China, a medida que avanzaba su proceso de reforma y apertura al exterior, sus privatizaciones, la liberalización y el mercado en sectores de su economía, políticos, estadistas, ideólogos y pensadores fueron cuasi unánimes en pronosticar (y augurar) la inevitable “occidentalización” de la República Popular , y que más temprano que tarde el “socialismo con características chinas” del PCCh cedería el paso al capitalismo con “características occidentales” y la misma sociedad impulsaría la reforma política y la implantación de un sistema democrático (también con “caracteristicas occidentales”). Caso contrario, China estaba condenada al fracaso.
El tiempo se encargó de desmentir esa “crónica de muerte anunciada” para el PCCh y para China.
Su sistema político no se volvió occidental, el Estado sigue siendo una fuerza muy poderosa y decisiva en todos los ámbitos . Su modelo de producción y desarrollo socialista, impulsado por el Partido Comunista e implementado por el gobierno, produjo resultados sin precedentes en la historia de la humanidad; la República Popular fue la única gran economía que no detuvo su crecimiento después de la gran crisis financiera del 2007-2008 y fue el país que más aportó al crecimiento de la economía mundial por 17 años ininterrumpidos. Y si todo esto no alcanzara para desmentir a los “casandras”, dos encuestadoras de los estadounidenses acaban de revelar que el nivel de satisfacción del pueblo chino con el Partido Comunista y el gobierno supera el 95%.
El surgimiento de Europa transformó el mundo hasta entonces conocido. Otro tanto significó la posterior irrupción de Estados Unidos. Occidente debe entender y aceptar que China también está cambiando el mundo y, por su tamaño y tradición milenaria, hasta de una manera más radical que los anteriores. También deberá resignarse, y Estados Unidos per primi, a que el protagonismo de China en la escena mundial es el réquiem a su hegemonía centenaria. El futuro será plural, multipolar y con fuerte sabor chino.
El mayor peligro no es el ascenso de China, sino cómo reaccionará Estados Unidos ante el ascenso de China y a su consiguiente pérdida de supremacía.