Me caben dos explicaciones. O bien toda la tirria desplegada es pura impostura calculada para conseguir que se identifiquen con él las personas enojadas por cualquier motivo, en un verdadero tráfico de odio, y transformarse así en el candidato del castigo, sea cual sea el fundamento último de la intención de castigar, o bien su ferocidad constitutiva es genuina y responde a una profunda irritación de clase, de casta que no soporta más ser gobernada por la plebe, por el universo de los que apenas admiten como subordinados. En cualquiera de los casos, el espectáculo iracundo de Luis Lacalle Pou me llamó la atención por lo desmedido y lo desubicado.
La segunda cosa que me impresionó fue la imputación que le endilgó Lacalle Pou a Daniel Martínez, en tanto representante del Frente Amplio en esta contienda electoral, de que el gobierno se había convertido a un “materialismo de números”. ¡Qué llamativa acusación! Es reveladora de una de las debilidades más grandes de su propuesta. Lacalle Pou no soporta el “materialismo de números” porque en ese punto reside un problema sin solución para los partidos tradicionales: tienen que hacer campaña soslayando los datos. Necesitan acudir a la metafísica, a honduras espirituales, a ideologismos y entelequias porque no pueden discutir los datos centrales del desempeño de la izquierda. No pueden discutir la evolución del salario real, no pueden discutir el crecimiento de la economía, no pueden discutir el incremento de los presupuestos de la educación, de la salud, de las políticas sociales. No pueden negar que hoy hay muchos menos pobres que en sus gobiernos, que hay menos indigencia, que hay menos desigualdad, que hay más carreras universitarias, hay mejores salarios, mejores jubilaciones, mejores indicadores económicos, más inversiones, mayor PIB, más consumo, más infraestructura, mejor consideración internacional, más democracia, incluso. Cuando la cosa se trata de datos, apenas pueden concentrarse en consignar o tergiversar cifras aisladas para intentar vender una crisis que no existe, sobre una realidad que no se ajusta a sus delirios de devastación. Es tan brutal este problema para Lacalle Pou como lo es discutir sobre el pasado. Observemos su afirmación descarnada de que no quiere discutir sobre el pasado. ¿Pero cómo va a querer discutir sobre el pasado si el pasado nos muestra el desastre que fue el gobierno del Partido Nacional? Ya Lacalle Pou y los blancos en general hace rato que abandonaron la consigna de que con los blancos se vivía mejor y dejaron de reivindicar el gobierno de su padre, porque ya saben que los uruguayos que vivieron esa época lo recuerdan como un gobierno desastroso, atravesado por escándalos de corrupción, que fueron instalados, además, por otros blancos. ¿O es que acaso olvidamos la interna entre Juan Andrés Ramírez y Luis Alberto Lacalle en 1999? ¿Nos olvidamos de que Ramírez probó que el patrimonio de Lacalle había crecido 1 millón de dólares en un año y de otras acusaciones de ese tipo con referencia a campos, propiedades y otras menudencias?
Lacalle Pou no puede hablar del pasado porque el pasado es terrible. No puede hablar de los datos del presente porque son demoledores. Y en el debate, además, demostró que no puede hablar del futuro porque no se le cae una idea o porque sus ideas, como en general les pasa a los neoliberales, son inconfesables. Solo le queda recurrir al grito, a la furia, a la bronca, a la imprecación. Su estrategia es el enojo porque no tiene ni puede tener otra.