Esta percepción no corresponde a la realidad de los hechos, ya que Boris Johnson pertenece de modo indiscutible al establishment, tanto por origen como por trayectoria: es hijo de un diplomático proveniente de una familia acaudalada, se educó en Eton, la escuela privada de las grandes élites inglesas, estudió clásicas en Balliol, uno de los colleges más selectos de Oxford, y desde muy joven se ha codeado con los individuos más poderosos de la sociedad inglesa, algo patente en el enorme apoyo político y financiero del que ha gozado hasta el último momento entre los billonarios del país. El hecho de que Johnson no parezca ser típicamente establishment no se debe tanto a que esté al margen de los poderes fácticos como a que los conoce tan profundamente que es capaz de subvertir sus códigos. Ocupar tal posición de poder sin aparentar ser el poder denota un inmenso privilegio, un gran conocimiento de la tradición de la upper-class británica y sus entresijos, y no al contrario.
Los que han sucumbido al embrujo de que Johnson es un político anti establishment han perdido de vista que mientras el primer ministro hacía el payaso frente a las cámaras, su equipo de tecnócratas, los mismos que ahora se despedazarán para sustituirle al mando del Reino Unido, ha estado aplicando medidas de austeridad en lo económico y represivas en lo social, en un mandato en el que se han recortado libertades civiles y personales que se creían aseguradas, como por ejemplo la aplicación de un equivalente a la “ley mordaza” española, o las leyes contra la población gitana, o la reducción del servicio de salud pública a mínimos, incluso en tiempos de pandemia, cuando los sanitarios públicos salvaron la vida al mismo Johnson. Lejos de ejercer de primer ministro para aquellos que se consideran iguales que él, se ha dedicado a gobernar por y para las élites del país.
El segundo juicio personalista, el de sus detractores, consiste en la creencia de que la podredumbre de su premiership se explica a partir de su fraudulencia moral como individuo. Estos críticos, provenientes en su mayoría de su propio partido y de medios de comunicación de orientación centrista-liberal, consideran que todos los males de su legislatura tienen su origen en que el primer ministro es un individuo mentiroso y sin sentido del honor. Tales explicaciones, por seductoras que puedan resultar, no se sostienen si se analiza la larga trayectoria de Johnson en la política. Hace tiempo que se conocen sus trucos, que se sabe que fue expulsado del Times por inventarse una cita; así como que en la oficina de asuntos extranjeros dejó una estela de compañeros que le reprochaban su incompetencia e ineptitud voluntaria, junto con una total falta de comprensión geopolítica; o que como alcalde de Londres entregó la ciudad al dinero de los oligarcas rusos, fue acusado de comportamiento inadecuado con una trabajadora de su oficina y derrochó dinero público en múltiples proyectos diseñados para engrandecer su ego. Lo cual no es nada comparado con su campaña a favor del Brexit (del que, antes de que fuese una posibilidad electoral, nunca demostró estar convencido), que supo conducir a golpe de mentiras, cada cual más viciosa y dirigida contra los grupos más vulnerables de la sociedad.
Sus falsedades, trampas y engaños llevaban tiempo siendo vox populi, pero su partido decidió ignorarlas por el simple hecho de que Boris Johnson es una máquina de ganar elecciones, como demostró en las últimas generales, cuando otorgó a los tory la mayoría más amplia desde el primer gobierno de Margaret Thatcher, en 1979. Es decir, la corrupción moral de Johnson no sería posible sin la complicidad de un partido y unos medios que le han consentido largo tiempo mientras se alineaba con sus intereses y ahora, cuando las encuestas parecen indicar que el laborista Keir Starmer tiene las de ganar, hunden el puñal. El daño que sus mentiras y manipulaciones han causado, tanto a nivel político como social, debe atribuirse tanto a él como individuo como al sistema que durante muchos años ha recompensado y en cierta medida configurado su comportamiento. Por tanto, creer que se pueden reducir los escándalos perpetrados durante su legislatura a su insuficiencia ética corresponde a una interpretación muy limitada de los hechos, que confunde un problema estructural con uno personal. Con esto no debe entenderse que sea irrelevante quién sea el primer ministro: es muy posible que otro dirigente sea menos nocivo para la salud política del país, pero pensar que relevando a Boris Johnson se solucionarán los problemas de la democracia inglesa es lo mismo que creer que tomando ibuprofeno se puede curar una pierna rota.
Lo que hay que señalar, en definitiva, es la insuficiencia (además de la hipocresía) de la crítica moral y personalista que ha dominado el debate acerca de su dimisión, tanto en las emisiones de la BBC o la LBC como en la mayoría de charlas informales sobre política durante los últimos meses. El problema de Johnson no es que haya organizado fiestas durante la pandemia, o que sea un tipo de poco fiar, sino las leyes concretas hechas por y para la élite del país. El gran éxito del gobierno de Johnson ha sido conseguir crear una visión exaltada del rol del primer ministro en la política como un individuo que existe al margen de sus circunstancias. O en otras palabras: perpetuar la creencia de que la historia es hecha por unos pocos líderes que hacen y deshacen el destino de la humanidad, en vez de instituciones y fuerzas sociales y económicas de mucho más impacto y calado.
Por Patrick Stasny (vía Ctxt)