Por su parte, el expresidente Bolsonaro, se ha desmarcado de los actos vandálicos desde Florida. Trata de evitar cualquier responsabilidad política ante unos acontecimientos que lleva tiempo alentando con su teoría del robo electoral. La reacción de Bolsonaro puede entenderse más por la presión internacional, incluida la del Gobierno de EEUU, que ha rechazado a través del presidente Biden el “asalto a la democracia y la pacífica transferencia de poder en Brasil”, que por sus credenciales democráticas, bastante escasas. Pero la posición de Bolsonaro es sintomática de un hecho: el mundo ha cerrado filas con Lula da Silva y la institucionalidad brasileña. Lo mismo han hecho algunos gobernadores próximos a Bolsonaro y sectores del empresariado brasileño. Apoyar el golpe significaría, para Bolsonaro, enfrentar posibles acciones judiciales y tirar por la borda la significativa fuerza política que todavía mantiene en el país y en el Congreso. Pero si ni Bolsonaro ni los principales líderes bolsonaristas reivindican el intento de golpe, entonces, ¿quién está detrás del ataque a las instituciones del 8 de enero en Brasilia? Seguramente, en los próximos días empezarán a emerger informaciones que aclaren el origen de la movilización, su financiación y la intencionalidad última de sus instigadores.
Quizás descubriremos si había contactos previos con sectores del Ejército, al que los manifestantes pedían intervenir para consumar el golpe. De momento, no sabemos si estamos ante un planificado golpe de Estado con voluntad de interrumpir el recién iniciado mandato de Lula o bien ante una demostración de fuerza de los sectores más exaltados del bolsonarismo, envalentonados por los discursos de su líder, llenos de odio social, de fanatismo religioso y dispuestos a sembrar el país de más violencia. En todo caso, no hace falta ver cristales rotos y destrozos en los edificios estatales para comprobar la pulsión antidemocrática y golpista del bolsonarismo. Su negativa a reconocer la victoria electoral del Partido de los Trabajadores es suficiente.
Es la misma pulsión antidemocrática que movió a la derecha brasileña, amparada por los EEUU, a sacar de la Presidencia a Dilma Rousseff con un cuestionable impeachment, o a perseguir por la vía del lawfare a Lula da Silva, evitando así que pudiera volver a presentarse a las elecciones presidenciales de 2018 y ganarlas. Una guerra judicial que tuvo en Brasil su modelo más emblemático pero que ha sido aplicada a otros mandatarios y líderes sociales de la izquierda latinoamericana. De hecho, es el mismo tipo de golpismo que ha caracterizado el comportamiento de la casi totalidad de las derechas latinoamericanas desde el siglo XX. Unas fuerzas económicas y políticas, representantes de las clases dominantes que, con distintas tácticas, pero con un mismo propósito estratégico, llevan irrespetando la voluntad popular de los pueblos latinoamericanos cada vez que consideran que estos votan mal y eligen a líderes de la izquierda.
En Venezuela en 2002 y 2019, en Honduras en 2009, en Ecuador en 2010, en Paraguay en 2012 o en Bolivia en 2019, por solo poner algunos ejemplos recientes, hemos asistido a distintos tipos de golpes de Estado, fallidos o consumados, que no han concitado el mismo rechazo general que los actos de este domingo en Brasil. Por eso, si algo hay que agradecer a los bolsonaristas que han protagonizado este asalto a las instituciones en Brasilia, pidiendo una intervención militar, es haber ayudado a desnudar la naturaleza golpista de las derechas latinoamericanas ante el mundo.
Conviene recordarlo: en América Latina y el Caribe no son solo las ultraderechas las que han contribuido a boicotear el desarrollo de una auténtica democracia. también lo han hecho las derechas que nuestros medios nos presentan como ‘respetables’ o ‘moderadas’ Conviene recordarlo: en América Latina y el Caribe no son solo las ultraderechas las que han contribuido a boicotear el desarrollo de una auténtica democracia. también lo han hecho las derechas que nuestros medios nos presentan como ‘respetables’ o ‘moderadas’
Conviene recordarlo: en América Latina y el Caribe no son solo las ultraderechas las que han contribuido a boicotear el desarrollo de una auténtica democracia. También lo han hecho las derechas que nuestros medios nos presentan como “respetables” o “moderadas”. En realidad, son las clases dominantes, respaldadas por unas clases medias que viven en burbujas privilegiadas en medio de la miseria circundante y por algunos sectores del lumpen-proletariado, las que, con su incapacidad de ver a los pobres, especialmente si son negros o indígenas, como seres con iguales derechos, están detrás de los golpes. Ellas y los poderes que las respaldan desde los centros hegemónicos son los responsables de un golpismo perpetuo que impide cualquier cambio sustancial en las estructuras de poder en América Latina, así como cualquier redistribución mínima de la riqueza en sociedades dramáticamente desiguales.
Entender esto es parte del abecé de la lucha política de nuestra época, como lo es entender que contentarse con ganar elecciones relega a la izquierda a jugar en un tablero adverso, donde las reglas de la partida las pone la derecha a favor de sus intereses. La izquierda, si quiere sobrevivir, además de transformar la realidad, debe apuntar a la movilización popular en lugar de ser tibia o pactar con una derecha que es esencialmente antidemocrática. Esta es, seguramente, la gran lección que nos dejan los acontecimientos de los últimos años y días en Brasil.