Esta había sido la dinámica, con sus altibajos, hasta el comienzo de la ofensiva rusa en Ucrania en febrero de este año, en la que todas las piezas del puzzle geopolítico europeo, pero no sólo, se comenzaron a mover. De manera muy particular este contexto está siendo especialmente traumático para Alemania. Un país que había forjado en una Oostpolitik orientada a las buenas relaciones con Rusia, que era hegemónico en Europa gracias a su cohesión con Francia y que era respetado por los países del Este a pesar de que eran constantemente sorpasados por Alemania en su relación con Moscú. De hecho, la inauguración del Nord Stream en 2011 cayó como una losa sobre los intereses geopolíticos norteamericanos, aumentaron los recelos de los países del centro y este europeo y terminó de hundir las expectativas ucranianas tras la doble crisis del gas de 2006 y 2009.
Ahora las cosas han cambiado de manera sustantiva. Solo la invasión rusa y la contundente respuesta europea lo han hecho posible. Así Alemania ha puesto en marcha su cambio de rumbo en política exterior y ha iniciado un nuevo cambio de era, la Zeitenwende. Francia, por su parte, también cedía en sus aproximaciones a Moscú ante la evidencia de los acontecimientos. Y ambos convergían en lanzar discursos menos asertivos y más templados que los ofrecidos por otros en el marco europeo. Y esta actitud que en otro momento hubiera sido de agradecer ha hecho que una buena parte de la opinión pública se les haya echado encima como consecuencia de la potencia desgarradora y visceral del marco belicista dominante. Y esta situación ha tenido una doble consecuencia.
Por un lado, ambos, aunque quizás en mayor medida Alemania, han comenzado a perder su auctoritas entre los países del Este Europeo que, con Polonia a la cabeza, son los que con mayor vehemencia han puesto en marcha iniciativas y posicionamientos poco acordes con el acervo comunitario, pero que en las circunstancias actuales son tolerados por Bruselas. Por otro, el tradicional eje Berlín-París también comenzó a fracturarse. Los desacuerdos en materia de energía, con el difunto Midcat como caballo de batalla, algunas decisiones en materia de política exterior y defensa, como el lanzamiento del escudo anti-misiles liderado por Alemania y del que Francia se mantiene al margen y critica la utilización de equipos norteamericanos e israelíes, son sólo dos ejemplos de desacuerdos recientes.
Y todo ello a pesar de que durante las últimas semanas tanto París como Berlín han conseguido mostrar que todos estos desencuentros no sólo se han encauzado, sino que además, están de acuerdo en denunciar los planes de subsidios estatales estadounidenses que apuestan por un mayor proteccionismo, y en proponer algo similar en el marco europeo. No sabemos si esta vieja fórmula de señalar al "enemigo" exterior en lo económico les funcionará ahora. Pero lo cierto es que estas circunstancias han favorecido que otros Estados miembros estén adquiriendo un mayor peso específico, como es el caso de Polonia que ahora se siente más legitimada para liderar la respuesta europea a la guerra; o como España que ahora tiene una gran oportunidad, que no está desaprovechando, como se ha comprobado con la excepcionalidad ibérica, para adquirir un mayor peso específico en el marco de la UE.
En todo caso, habrá que estar atentos a los próximos movimientos de unos y de otros, puesto que si bien la alianza franco-alemana no está muerta, sí que se comienzan a observar movimientos tectónicos en el marco europeo, algo que, como casi todo a lo que se enfrenta la UE desde sus orígenes, es siempre una novedad.
Por Ruth Ferrero-Turrión (vía Público)