Por su parte, el PSOE y el ala socialista del Gobierno han vuelto a representar su rol habitual en estas situaciones. Ni siquiera un ministro con tablas y registros como Iceta ha sabido disimular nuestro ridículo como país y ha venido a decir que el gesto del rey se justificaría porque la decisión del presidente Petro de traer la espada al acto no habría estado consensuada con el saliente Iván Duque (visto lo visto, quizá Felipe VI haga crecer el apellido del expresidente de Colombia y lo convierta en un duque de verdad) y no le habría sido comunicada al rey. “Si me pasan una espada por delante sin avisar yo no sé qué haría”, ha llegado a decir Iceta. Respeto la inteligencia y la ironía de Iceta y, precisamente por eso, sé que cuando se escuche se dará cuenta de que, esta vez, ha hecho el idiota al haber convertido el gesto de Felipe en un mensaje político del Estado español. Las empresas españolas que operan en Colombia y que necesitan de la mejor relación con el nuevo Gobierno colombiano deben estar hoy encantadísimas. Por muy de derechas que sean sus directivos, su trabajo consiste en hacer buenos negocios y, para eso, lo de ayer ya les digo yo que no ayuda mucho.
Nos quedaremos con la duda de qué quiso expresar concretamente Felipe VI al no ponerse en pie. No creo que la Casa del Rey se aparte de la tradicional cobardía borbónica y nos explique el porqué. ¿Le molesta al rey que las naciones latinoamericanas se independizaran de España y que los patriotas derrotaran a los realistas? Lo podemos deducir, pero tenemos un jefe de Estado que no da entrevistas (y eso que tampoco habría muchos periodistas dispuestos a hacerle preguntas difíciles).
Pero lo verdaderamente importante del incidente provocado por Felipe VI no es su significado, sino la inquietante pregunta que deja: ¿quién diablos se ha creído el rey que es para dar mensajes políticos en nombre de España?
He hablado con Felipe VI muchas veces y siempre encontré en él un hombre amable y culto, con mucha formación política, aunque quizá también con más interés por la política del que cabría esperar en alguien que, según la legalidad constitucional vigente, no debería jamás influir en ella. No puedo revelar detalles de las conversaciones que mantuve con él cuando fui secretario general de Podemos y vicepresidente, pero sí decir que no pienso que el rey sea un ultraderechista. Pero sí creo que es un conservador español y, por eso, aunque no le entusiasme Vox y la ultraderecha, siempre estará más cerca de ella que de lo que representan Podemos y las izquierdas independentistas y más si la necesita para salvar a la monarquía. Felipe VI no me parece un botarate preocupado por aventuras de esas que la prensa rosa llama “amorosas”, ni creo que sea un tipo obsesionado con enriquecerse ilícitamente, ni con matar a tiros animales drogados. Creo, por el contrario, que tiene plena conciencia de ser un operador político crucial y de ser también la figura política más respetada por buena parte de las élites judiciales, militares e incluso empresariales que viven en Madrid. Y precisamente por todo eso es una figura política mucho más peligrosa para el futuro de la maltrecha democracia española que su patético progenitor. Los demócratas debemos tomar nota de la osadía de Felipe VI en Bogotá porque significa muchas cosas; no fue, ni mucho menos, un gesto improvisado de soberbia senil como el tristemente famoso “por qué no te callas”.
Del PSOE, por mucho que sus juventudes vayan a cada Congreso con la matraca de que son republicanos, no cabe esperar mucho. Están convencidos que su otanismo y su cobardía con las élites empresariales, judiciales y militares les servirán de salvoconducto si la reacción ocupa el Consejo de Ministros. Ingenuos aquellos que piensen que la represión reaccionaria se conformará con indepes y podemitas.
Pero hoy tiene más sentido que nunca construir un horizonte republicano para los pueblos y naciones del Estado español. Ser republicano hoy no solo es una cuestión de identidad política, es la única forma de defender la democracia y la justicia social en España y, de paso, honrar a las naciones latinoamericanas a las que sólo una república podrá llamar hermanas.
Por Pablo Iglesias (vía Ctxt)