No era la primera vez que Musk se metía en asuntos italianos.
En septiembre llamó “loco” al fiscal que pidió seis años de reclusión para Matteo Salvini por impedir el desembarco de 147 personas rescatadas por la oenegé española Open Arms. Retuiteó también un post racista de @RadioGenoa en el que se acusaba a “ONG financiadas por el gobierno alemán” de “recoger clandestinos” en el Mediterráneo “para descargarlos en Italia”. Participó, invitado por Giorgia Meloni, como invitado especial en el Fórum de Fratelli d’Italia en Atreju. Y luego, entre guiños, bromas y un cumplido de dudoso gusto (“es más hermosa dentro que fuera”), entregó a la presidenta Meloni el premio Global Citizen Award en Nueva York por sus políticas antiinmigrantes y antiLGTBI.
¿Qué hay detrás de estos amores entre ella, “guapa dentro”, y él, “genio valioso”?
Primero, lo más evidente: un fallido (lo desveló una investigación judicial en un caso de corrupción) contrato secreto de cinco años entre el gobierno italiano y la compañía Starlink de Musk por valor de 1.500 millones de euros para llevar la banda ancha a las regiones del sur de Italia, así como para ofrecer un servicio de comunicaciones encriptadas a embajadas, fuerzas armadas y servicios secretos. En cuanto a Meloni, esta química con Musk puede borrar el recuerdo del apoyo a Ucrania, por el que la ha regañado Steve Bannon recientemente. Además, en el caso de que Trump aplicara aranceles aduaneros a los productos de la UE, Meloni podría conseguir un trato de favor a las exportaciones made in Italy a EEUU, principal cliente de la cartera italiana. Toma y daca: Musk ganaría un aliado dentro de la UE en su batalla con la Comisión Europea, que lo acusa de haber violado varias reglas sobre servicios digitales (Digital Service Act).
Las ventajas prácticas para ambas partes quedan clarísimas y sirven perfectamente para explicar las muecas, las sonrisas y los arrumacos entre Giorgia y Elon, Elon y Giorgia.
(Dejemos estar a Salvini, fidelísimo muskiano a prescindere). Con todo, conociendo Italia, cabe plantearse una pregunta más: ¿no volveremos a estar otra vez asistiendo a otro experimento del famoso “laboratorio Italia”? Lo sostiene la politóloga Nadia Urbinati, según la cual Italia constituiría un anillo débil de la UE donde se pueden experimentar modos antiinstitucionales y mecanismos anticonstitucionales. El poder judicial para Musk, al lado del cual Berlusconi se ve minúsculo tanto en conflicto de intereses como en fobia a la magistratura, es un estorbo que tumba proyectos geniales. De hecho, el Tribunal Constitucional acaba de bloquear el proyecto de ley de autonomía diferenciada del gobierno, que deberá ser modificado en siete cuestiones. Y era un proyecto estrella del gobierno Meloni.
Si alejamos el foco de Italia, vemos que Europa y EEUU jamás han estado tan distantes, jamás tan divergentes. El gobierno sin límites que profesa Musk, sólo guiado por la “religión de la curiosidad”, puede que tenga un objetivo no declarado: ir desconstitucionalizando Italia primero, para acabar desconstitucionalizando la UE después.
(Capítulo aparte de sus obsesiones, ya que estamos en Roma, meca del catolicismo, merece la reciente y progresiva “conversión” de Elon al cristianismo. Musk no se consideraba una persona particularmente religiosa. Su religión, como decíamos, era “la curiosidad”. Luego se fue reconociendo “cristiano cultural”. Ahora, en la campaña electoral estadounidense, afirmó que creía “en las enseñanzas de Jesús y en los principios cristianos”. Igual que yo-soy-Giorgia-soy-una-mujer-soy-una-madre-soy-cristiana está muy preocupado por la decadencia de la religión. Y habla de un “cristianismo sin dientes”. Francisco, que lo recibió hace meses en audiencia, de momento no dice nada.)