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"Los nadies" siguen aquí: por qué las reflexiones de Eduardo Galeano parecen escritas para el presente

Las reflexiones de Eduardo Galeano sobre pobreza, exclusión y memoria siguen interpelando a una sociedad marcada por la desigualdad.

Hay escritores que pertenecen a una época y otros que consiguen atravesarlas. Eduardo Galeano pertenece a esa segunda categoría. Más de una década después de su muerte, sus reflexiones continúan golpeando con la misma fuerza porque hablan de aquello que rara vez cambia, la desigualdad, la exclusión, la memoria y la dignidad humana.

En la serie televisiva La vida según Galeano, producida por Canal Encuentro, el escritor uruguayo vuelve sobre muchos de los temas que marcaron toda su obra. Y lo hace desde un lugar profundamente humano, lejos del discurso académico frío o de la solemnidad intelectual. Galeano mira el mundo desde abajo, desde los márgenes, desde quienes históricamente han sido invisibles.

Todo comienza con uno de sus textos más emblemáticos: Los nadies. Allí Galeano retrata a millones de personas condenadas a existir sin reconocimiento, sin derechos y sin voz. “Los hijos de nadie, los dueños de nada”, escribe. Los “ninguneados”, aquellos que “no tienen nombre, sino número”, que “no son seres humanos, sino recursos humanos”.

La vida según Galeano

Ese poema, escrito hace décadas, sigue teniendo una vigencia inquietante. En un mundo atravesado por la precarización laboral, las migraciones forzadas, las guerras y las desigualdades extremas, los “nadies” continúan multiplicándose. Galeano entendía que el problema no era solamente económico, sino también simbólico, hay personas a las que el sistema les niega incluso el derecho a ser vistas.

A lo largo de La vida según Galeano, el escritor desmonta los relatos oficiales de la historia. Cuestiona, por ejemplo, la democracia ateniense, celebrada como cuna de la civilización occidental, recordando que mujeres y esclavos estaban excluidos. También pone en duda la célebre frase de la Declaración de Independencia de Estados Unidos que afirma que “todos los hombres nacen iguales”, mientras cientos de miles de esclavos continuaban sometidos.

La pregunta que atraviesa sus reflexiones es incómoda y poderosa, ¿desde qué lugar se cuenta la historia? Galeano invita a mirar el otro lado de los acontecimientos, la versión de quienes nunca aparecen en los monumentos ni en los libros escolares. Por eso imagina cómo habría sido la Guerra de Troya narrada por un soldado anónimo, uno de esos hombres obligados a matar sin entender realmente las razones de la guerra.

Los conflictos bélicos

En esa mirada aparece otra de las grandes obsesiones del autor, la deshumanización. Galeano recuerda el relato de corresponsales de guerra que describen el olor de los conflictos bélicos. No hablan de heroísmo ni de gloria, sino de podredumbre, humo y muerte. La guerra, parece decir, pierde toda épica cuando se la observa desde las víctimas.

Algo similar ocurre cuando aborda las migraciones contemporáneas. Mientras las aves cruzan el planeta libremente, los seres humanos encuentran fronteras cada vez más hostiles. Galeano describe caravanas de personas que huyen no sólo de las guerras, sino también de los salarios destruidos y de las tierras arrasadas. Allí conecta con las fotografías del brasileño Sebastião Salgado, quien retrató durante años el drama humano de los desplazados.

Galeano también recordó la tragedia de 60 haitianos muertos en el Caribe intentando escapar de la miseria. Detrás de esa noticia olvidada aparece una crítica feroz al sistema económico internacional. Explica cómo los agricultores haitianos fueron arruinados por políticas impulsadas por el Fondo Monetario Internacional, mientras Estados Unidos mantenía subsidios para su propia producción agrícola. Galeano logra mostrar así que el hambre no es una fatalidad natural, sino una consecuencia política.

¿Cómo se suele hablar de los pobres?

“La pobreza mata callando”, afirma. Y esa frase resume buena parte de su pensamiento. El hambre no explota como una bomba ni ocupa portadas permanentes, pero destruye vidas todos los días. Galeano cuestiona incluso el lenguaje estadístico con el que se suele hablar de los pobres. Los números, dice, terminan ocultando a las personas.

Por eso resulta tan reveladora la anécdota de la niña catalana Catalina Álvarez Insúa, quien a los tres años definió a los pobres como “los que tienen la puerta cerrada”. Galeano encuentra en esa frase una verdad profunda, la exclusión no es solamente falta de dinero, sino imposibilidad de entrar, de participar, de pertenecer.

La sensibilidad humana atraviesa también el relato de Maximiliana, una anciana internada en un hospital que le pide constantemente al médico que le tome el pulso. El joven profesional cree al principio que se trata de una excentricidad, hasta que comprende que la mujer sólo necesitaba ser tocada. Galeano convierte esa escena mínima en una reflexión enorme sobre la soledad y la necesidad humana de afecto.

Lo mismo sucede con el niño peruano que le muestra orgulloso un reloj dibujado en la muñeca porque no puede tener uno verdadero. “Atrasa un poco”, dice el niño. Galeano transforma esa respuesta en una metáfora brutal sobre la pobreza y la imaginación como forma de resistencia.

Una verdad que duele

Hacia el final, sus reflexiones habla de “los desechables”, mendigos, prostitutas, niños de la calle, drogadictos, personas expulsadas por la sociedad. Allí recupera una historia narrada por el cuentacuentos colombiano Nicolás Buenaventura, según la cual los seres humanos fueron creados con los restos que Dios dejó caer al abismo.

La metáfora es poderosa porque invierte el sentido del desprecio. Aquello que el sistema considera basura contiene, en realidad, fragmentos del mundo entero: “algo de tiempo y algo de día y algo de noche y algo de tierra y algo de agua”.

Esa es quizá la razón principal por la que Galeano sigue siendo tan actual. Porque nunca escribió desde la comodidad del poder, sino desde la intemperie de los olvidados. Sus textos son un despertar de conciencia.

En tiempos donde las desigualdades crecen, las guerras continúan desplazando pueblos enteros y millones de personas sobreviven en condiciones indignas, las palabras de Galeano funcionan como un espejo incómodo. Nos obligan a preguntarnos quiénes son hoy “los nadies” y, sobre todo, cuánto de esa injusticia hemos aprendido a normalizar.

Embed - LOS NADIES.... de Eduardo Galeano

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