Se pretende desaparecer la Franja de Gaza o convertirla en una tierra vaciada de sus habitantes y abierta a la colonización –un verdadero gran reemplazo−, para apoderarse definitivamente manu militari de los yacimientos submarinos de gas natural situados en aguas territoriales palestinas, como parte del proyecto de Washington y Tel Aviv de aterrizar el proceso de acercamiento entre Arabia Saudita e Israel, que incluía la construcción (ya iniciada) del canal Ben Gurion (alternativo al canal de Suez, por donde pasa 12 por ciento del comercio mundial), que debería desembocar en Gaza, lo que permitiría poner un cordón sanitario a la Ruta de la Seda china… Y después seguir con la limpieza étnica de Cisjordania.
Sin embargo, hasta el presente, con su incursión en la Franja de Gaza, Israel y EE. UU. no obtuvieron ningún logro militar ni político de consideración. Y el fracaso en su intención de destruir a Hamás los obligó a negociar indirectamente con los grupos político-militares de la resistencia anticolonialista, antiimperialista y de liberación nacional palestinos, que pese a sus diferencias tácticas e ideológicas actúan de manera coordinada bajo el lema unidad de caminos (una suerte de bloque histórico –según el concepto gramsciano– de actores no estatales) y lograron cambiar el equilibrio estratégico en varias dimensiones a favor de Palestina.
Aunque existen evidentes indicios de que los servicios de inteligencia israelíes tenían información sobre los preparativos de un ataque palestino y se sospecha incluso de algún tipo de complicidad, todo indica que no se previó la magnitud de la operación militar el Diluvio de Al-Aqsa, que requirió una gran planificación y ejecución operativa, táctica y estratégica, que adquiere hoy proporciones casi míticas entre los pueblos árabes de Medio Oriente. La leyenda sionista-occidental sobre la invencibilidad de las Fuerzas de Defensa de Israel y la infalibilidad de la inteligencia del Mosad (que en la hipótesis de que pudieron inducir la acción, se les salió de control por la envergadura de los hechos), se hizo añicos tras la incursión de Hamás en el principal cuartel del ejército de ocupación israelí en el sur, que se presentaba como una joya tecnológica; la captura de dos generales; la liberación de 20 asentamientos y la retirada de los insurgentes a sus búnkeres subterráneos debajo de Gaza con más de 200 rehenes israelíes.
Desde esa perspectiva, la tregua humanitaria y el intercambio de rehenes entre ambas partes representaron una victoria para el bloque de la resistencia palestina y una derrota humillante para Israel. La política de tierra arrasada y castigo colectivo sobre la población e infraestructura de Gaza, echó mano del sistema basado en inteligencia artificial Habsora (El Evangelio), descrito como una fábrica de asesinatos en masa, con énfasis en la cantidad de daños colaterales (civiles) y no en la calidad (combatientes abatidos) para ahorrar tiempo de inteligencia humana. Habsora es una herramienta de la Doctrina Dahiya (una adaptación israelí de la doctrina estadounidense de conmoción y pavor [shock and awe]), basada en el uso de una fuerza masiva y desproporcionada, y demostraciones espectaculares de fuerza para paralizar la percepción del adversario en el campo de batalla, destruir su voluntad de luchar y empujar a los civiles a presionar a Hamás.
Pero Hamás y la Yihad Islámica no han sido aniquiladas sobre el terreno. Y el mito de la disuasión de Israel y EE. UU. ha sido superado por las tácticas de la nueva guerra asimétrica, tecnológicamente más compleja y multidimensional. A pesar de las grandes pérdidas, 17.997 muertos y unos 49 mil heridos en Gaza (una matanza sin precedentes con un patrón de actuación deliberado, cuyo saldo es superior a la media de víctimas civiles en todos los conflictos del mundo durante el siglo XX, donde los civiles representaron, aproximadamente, la mitad de los muertos), Palestina se ha convertido en una guerra existencial −no sólo de liberación nacional– y, se aplaste o no a Hamás, es hoy el símbolo de un despertar en el mundo árabe: el fin de siglos de humillación regional. Y, tal vez, la chispa que encienda una transformación de raíz en la conciencia de todo Medio Oriente.
Aunque dialécticamente también podría ser el detonante de un conflicto geopolítico alentado por el Estado profundo que controla los pasos de Joe Biden, que ante la pérdida de hegemonía imperial no duda en desencadenar una confrontación de dimensiones inimaginables que podrían derivar, incluso, en una Tercera Guerra Mundial. Si no, ¿cómo explicar el incremento de tropas y material bélico en las bases del Pentágono en Israel y toda la región y el enorme despliegue militar naval de EE. UU. y la OTAN en la zona del Mediterráneo frente a Irán y Líbano?
Carlos Fazio (Publicado en La Jornada)