El apellido y el respaldo del bloque de derecha en el Parlamento le dieron a Flávio un piso inicial de entre 20% y 25% de intención de voto. En campaña, su reclamo central es la liberación de su padre, cuya causa judicial califica de politizada, mientras intenta correrse del molde más radical: se autodefine como "el Bolsonaro que se vacunó", en alusión al negacionismo de su padre frente al COVID-19. Pero en la letra chica del programa hay poca distancia con el original: defensa de los valores cristianos tradicionales, derecho a portar armas, mano dura en seguridad y recorte del gasto público.
Esqueletos en el placard de la dinastía
La reputación de Flávio no es intachable. Ya en 2018 quedó bajo la lupa de la Justicia por sospechas de corrupción y por supuestos vínculos con estructuras mafiosas de Río de Janeiro. En mayo de 2026, la prensa difundió audios en los que pedía respaldo financiero al banquero Daniel Vorcaro, señalado en una causa por fraude de U$S 2.300 millones. Primero lo negó todo; después admitió que sí había recurrido al financista, aunque —según su versión— solo para costear una película sobre su padre vinculada a la campaña de 2018, para la que obtuvo U$S 12 millones. El escándalo tuvo costo político inmediato: varios dirigentes que Flávio evaluaba como compañeros de fórmula para la vicepresidencia se bajaron de la campaña.
Lula: números contra un déficit que no para de crecer
El presidente en ejercicio arrastra su propia historia judicial, muy clásica de los procesos luego conocidos como Lawfare. Lula gobernó Brasil entre 2003 y 2010, y en 2016 fue condenado a 12 años de prisión por corrupción y lavado de dinero a través de la petrolera estatal Petrobras, causa que de paso le costó el cargo a Dilma Rousseff (hoy presidenta del Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS). Lula pasó 580 días detenido, hasta que en 2021 el Supremo Tribunal Federal anuló por completo las condenas en su contra.
Al asumir su tercer mandato con la promesa de "reconstruir el país desde los escombros", reforzó el rol del Estado en la economía y amplió el gasto social. Los números lo acompañan: el desempleo bajó de 9,6% en 2022 a 5,6%, los ingresos reales de la población crecieron cerca de un 16% y la pobreza cayó de 31,6% a 23,1%. Pero esa generosidad social tiene precio: el déficit fiscal se multiplicó y ya se acerca al 10% del PIB. Y en su programa para un nuevo mandato no aparece ninguna medida concreta para achicarlo: solo continuidad fiscal y más gasto social.
La apuesta por los BRICS, y por qué es difícil dar marcha atrás
Flávio Bolsonaro, como su padre —apodado el "Trump tropical"—, es un admirador declarado del 47° presidente de Estados Unidos. Según The Economist, su triunfo cerraría, del lado de Washington, el proyecto de virar a la derecha toda la región: desde la segunda toma de posesión de Trump, los candidatos de derecha ganaron las siete elecciones celebradas en América Latina, muchas veces con apoyo explícito de la Casa Blanca, empezando por el nuevo mandatario colombiano, Abelardo de la Espriella. Del otro lado del río, Javier Milei no disimula su cercanía: en julio viajó a San Pablo para acompañar en persona un acto de campaña de Bolsonaro hijo, donde además cargó contra Lula y lo llamó "ladrón y delincuente de izquierda".
La grieta ideológica es clara: Lula defiende la multipolaridad y la independencia respecto de Washington; Bolsonaro insiste en la necesidad de despegarse de los BRICS. Y ya hay letra concreta: propone prohibir la integración del sistema brasileño de pagos instantáneos Pix con "sistemas de pagos transfronterizos no occidentales". Como su padre ya había insinuado una posible salida del bloque en caso de reelección, parte de los analistas brasileños no descarta que el hijo retome esa carta si gana.
Ahora bien, entre el discurso de campaña y la geopolítica real hay una distancia enorme. Aun si Flávio Bolsonaro se impone, poner en marcha un proceso de salida de los BRICS será prácticamente imposible: sobre todo porque no hay forma de cortar rápido la relación con China. Un movimiento de ese tipo sería recibido muy mal no solo en Beijing, sino también por la propia élite económica brasileña, y Brasil —pese al fuerte presidencialismo— sigue siendo un país con instituciones capaces de frenar giros bruscos en política exterior. Tampoco es un dato menor el vínculo con Rusia: es uno de los principales proveedores de fertilizantes minerales de Brasil, en un país donde el agroexportador genera el 40% de las divisas.
De yapa, entonces, el "cambio tectónico" del que hablan los analistas occidentales corre el riesgo de quedar más en el discurso que en los hechos: Brasil puede cambiar de tono de manera abrupta después del 4 de octubre, pero un giro real —si llega a producirse— tomará años, no meses.